The Túzaro

Los eruditos

Publicado en Lecturas y reflexiones por thetuzaro en 10 Diciembre 2009

Ya estoy terminando el libro del que os hablaba el otro día, Imposturas Intelectuales, de Alan Sokal y Jean Bricmont. Mientras lo voy terminando, me da tiempo para reflexionar sobre algunas cuestiones que siempre me han dado vueltas en la cabeza. ¿Me gustaría ser un intelectual, escribir libros con sesudos estudios perfectamente documentados y ser admirado por mi sabiduría? Bueno, pues sí, no lo puedo negar. ¿Escribo bien? Bueno, soy más o menos capaz de escribir algo y que la gente entienda lo que quiero decir, la mayor parte de las veces. Al menos practico de vez en cuando, aunque sea escribiendo en este blog. Pero cuando leo libros como éste que tengo entre manos estos días, me da la sensación de que no estaría a la altura ni de coña.  Me explico.

Cuando leo un ensayo, me sorprende lo vasto de los conocimientos de los que suelen hacer gala los autores. Por lo general ese tipo de libros son fruto de varios años de investigación y documentación. A veces me he planteado si sería capaz de escribir un libro sobre mi especialidad, o al menos sobre mi campo. Está bien, estoy escribiendo uno, mi tesis doctoral, pero no me refería a algo tan técnico, sino a algo más divulgativo. ¿Me atrevería a escribir algo por el estilo? No, no lo creo. Tendría un miedo atroz a que, según saliera mi gran obra publicada, llegara un tío más listo que yo y me dijera: a”Ah, no tienes ni puta idea. Esto en realidad es así”. (Para más señas, me imagino este personaje como un joven deportista y cristiano que de pequeño iba  a campamentos). Es algo parecido a eso sobre lo que solíamos bromear lo amiguetes en Baños de Montemayor, el pueblo de mis padres, donde siempre he veraneado. Cuando organizábamos algún juego o alguna competición por las fiestas, sabíamos que, fuera lo que fuera lo que se nos había ocurrido, se apuntarían unos pocos chavales del pueblo, y luego llegarían los de Club Profesional del Deporte X, que casualmente estarían de vacaciones en el pueblo de al lado, y arrasarían.

Claro, que en el caso del libro de divulgación, yo no he invertido los años de investigación de los que hablaba hace un rato. Estoy hablando de lo que pasaría si me pusiera manos a la obra ahora mismo. Quizá sea sólo una cuestión de inseguridad. Recuerdo en primero de carrera, que tenía un profesor de alguna asignatura de matemáticas (y que no recuerdo ahora cómo se llamaba… ¿era J. L. Torrea?) al que, un día, le preguntamos una obviedad, sobre cuál de entre dos números negativos era más pequeño. Era una obviedad, pero esa obviedad nos había costado un grave discusión con la profesora de química (sobre la que me voy a reservar mi opinión para que no me metan en la cárcel). Era algo así como que ella decía que -5×10^3 era mayor que -3×10^3 porque “era más negativo”. Evidentemente esta mujer estaba comparado los valores absolutos, pero no parecía darse cuenta de lo que estaba diciendo (y, de paso, hacía gala de su manía persecutoria que le llevaba a pensar que todos los jóvenes éramos sus enemigos… cosa que, por otra parte, no estaba lejos de la verdad).

Hartos de discutir con ella, el delegado de clase y algún otro fueron a preguntar al profe de cálculo, que, sorprendido, nos daba la razón. Pero no podía decir “esta profe vuestra no tiene ni puta idea”, sino que, diplomáticamente, nos trataba de decir que los profes de ciencias “nunca están del todo seguros de lo que dicen y a veces meten la pata”. Nos confesó la envidia que le despertaban los políticos, cuando salían en la tele y decían algo frente a los micrófonos. Y lo decían con total aplomo y total confianza en que estaban diciendo la verdad… a pesar de que, posiblemente, sabía perfectamente que estaban diciendo tonterías. “Yo no puedo hacer eso, si no no estoy seguro de algo dudo y titubeo”.

Quizá sea ése el puntito que me falta para llegar a ser tertuliano (ah, que he empezado hablando de ser ensayista; tertuliano es otro sueño que tengo: me levanto por la mañana, escribo mi columnita para el ABC, y luego a la tertulia de La Tarde con Cristina). No tengo ni idea de lo que hablo, pero lo digo con aplomo y la gente piensa que sé mucho. Así de fácil. ¿Así de fácil? Bueno, parece que parar bastante gente (que en el fondo vive del cuento) es así. ¿Lo será para mí algún día?

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Una de navidades

Publicado en Columnas por thetuzaro en 9 Diciembre 2009

Voy a aprovechar que tengo mucho sueño y necesito despejarme un poco, y que las Navidades están a punto de empezar, para rescatar la primera columna que se publicó en el The Túzaro original, en la edición en papel, en enero de 2005. El número completo está disponible aquí. El autor de la columna soy yo mismo.

Una de Navidades

Están a puntito de acabarse las navidades (o como decía alguien el otro día en La Razón, las fiestas del ocio de invierno, por aquello del país laico… y sí, a veces leo La Razón). Normalmente suele haber un montón de gente
que dice que odia estos días. Entre sus argumentos están que todo es falso, que la gente no se puede ni ver, pero estos días disimula que da gusto y te viene con su mejor sonrisa, que sólo se fomenta el consumo irracional y sin una pizca de sentido común, que se desperdician un montón de recursos en iluminación de las calles, limpieza del confeti, atención médica de los borrachos… y razón no les falta. Pero creo que en el fondo están equivocados. Y lo están porque se basan en un supuesto espíritu navideño auténtico de amor, paz y amistad que parece sacado de una
película de Disney de esas con niños repelentes. No. Yo creo que ése no es el auténtico espíritu de la Navidad. Yo creo que el verdadero sentido de la Navidad consiste en tupirse sistemáticamente de comer y de beber siempre que tenga uno la más ligera oportunidad. Ni más ni menos. Ponerte como un animal de comer y luego el 7 de Enero empezar la dieta, echarte la coca-cola entera en los cubalibres, dejar el tabaco y todo el rollo. Y me parece muy bien. Decidme glotón o hedonista si queréis, pero yo creo que es así. Unas fiestas en las que lo principal es llenar el buche a la primera de cambio si hay ocasión (y si no la hay se inventa) no pueden ser malas ni en broma. ¿No estáis de acuerdo conmigo?

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Imposturas intelectuales

Publicado en General, Lecturas y reflexiones por thetuzaro en 4 Diciembre 2009

Hoy voy a hablar sobre un libro que me estoy leyendo y que aún no he terminado [1]. El caso es que me apetecía escribir algo en al rato que queda para irme a tomar una cervecilla a La Charcu, así que os cuento un poco lo del libro éste.

Resulta que mi amiguete Dani/Juez lo dejó el otro día en el bar, porque, en algún momento de alguna noche, habíamos hablado de él y le dije que me interesaba. Así que el otro día fui al bar y allí estaba el libro. Voy más o menos por la mitad, un libro duro de leer a veces, con pasajes enrevesados, con un lenguaje muy lioso a veces, pero eso es sólo cuando los autores citan a otros autores. Me explicaré.

Hace unos años, diez más o menos, un físico americano, Alan Sokal [2], decidió… gastar una broma, digámoslo así. Como crítica a ciertas corrientes filosóficas actuales. En particular, quería criticar a ciertos autores que, según su opinión (que comparto) camuflan la vacuidad de sus ideas con un lenguaje difícil, abstruso y plagado de términos científicos, aunque no vengan a cuento. Su broma consistía en publicar un artículo en una revista muy de moda entre los círculos posmodernistas, Social Texts,  plagado de frases sin sentido, sin ningún hilo argumental, sin pies ni cabeza, pero repleto de términos científicos, y de referencias y citas a los filósofos más de moda. El día de su publicación, publicó otro artículo en la revista Lingua Franca, en el que desvelaba todo su engaño. Lo que pretendía demostrar es que, si citas a la gente correcta en tus obras, y si sigues la coriente de moda que trata de relacionar problemas de las ciencias sociales con otros de la física y las matemáticas, aunque no tengan nada que ver, y aunque los ligues con argumentos peregrinos, da igual que no digas sino chorradas, que tu artículo triunfará [3].

El libro en cuestión es, de momento, un recopilatorio de fragmentos de los autores criticados, con detallados análisis de qué están diciendo en realidad los filósofos comentados, que suele ser muy poco, en muchos casos. Por las páginas de lo que he leído han aparecido nombres que yo no conocía, como Lacan, Irigaray, Deleuze, Virilio… que yo no conocía hasta ahora. El libro recopila fragmentos bastante extensos (para evitar que el autor pueda ser acusado de sacar frases de contexto) que no hay dios que entienda, por lo general. Como record del mundo, yo mencionaría aquella teoría por la cual se demuestra claramente que la física es machista, está hecha por hombres, y por eso la física del estado sólido está estudiada en tanto detalle y la de los líquidos, pues no tanto. Y eso es porque lo sólido represnta al pene, a lo masculino, y lo líquido a lo femenino, a la menstruación, a los flujos vaginales.

De momento el libro me está gustando, aunque a veces cansa un poco la mecánica de “un párrafo de los autores y su crítica, un párrafo de los autores y su crítica, un párrafo de los autores y su crítica”. De todos modos, suelo coincidir con el análisis de Sokal (y el coautor Bricmont [4], que no había mencionado aún), y no creo que sus comentario estén realizados desde la mala leche o la inquina. Siempre he pensado que debajo del lenguaje lioso, pomposo y pedante, de la falta de claridad, de los neologismos innecesarios, se esconde en muchas ocasiones la falta de contenido. Y precisamente fue comentado esto con Dani el Juez que me comentó que tenía este libro y que me lo prestaría.

Conclusión: de momento el libro me parece altamente recomendable para la gente interesada en la filosofía moderna, en la intelectualidad y en lo imprescindible de la claridad expositiva. Ya os contaré, supongo, cuando termine de leerlo. Si no tenéis la oportunidad de leer el libro y se os da bien el inglés, no dudéis en echarle un vistazo a la reseña que Richard Dawkins escribió sobre la obra en Nature [5].

Referencias

[1] Imposturas Intelectuales. Sokal y Bricmont, Paidos Ibérica, 1999.

[2] Ver el artículo de la Wikipedia sobre su persona y su página de la Universidad de Nueva York

[3] Ver Escándalo Sokal

[4] Ver Jean Bricmont

[5] R. Dawkins, Postmodernism disrobed, Nature, 9 July 1998, vol. 394, pp. 141-143.

Hombres, mujeres y centros comerciales

Publicado en Cosas mías, Uncategorized por thetuzaro en 29 Noviembre 2009

Una de las cosas que menos me gusta hacer es ir de compras. Lo considero una necesidad desagradable, algo que tienes que hacer a veces porque no queda más remedio, pero que es necesario, como sacar la basura una noche fría de invierno, cuando ya estás calentito en el sofá después de cenar. Pero a veces es necesario. Necesitas ropa, y tienes que ir a comprar.

Ayer era Elena la que tenía que comprar ropa, y yo le acompañé. En el rato que ella estuvo disfrutando entre percheros y mirando trapitos, yo me paseaba lentamente por las tiendas, con las manos unidas tras mi espalda: un gesto que minutos más tarde observé que era común entre los acompañantes del sexo masculino que se encontraban en ese centro comercial. Me dio tiempo para pensar mucho en la actitud que tomamos los hombres y las mujeres en los centros comerciales.

Observé que, mientras nuestras parejas hacían sus compras, los hombres nos paseábamos en la actitud que he mencionado más arriba: paso muy lento, las manos a la espalda y la mirada perdida entre los trapitos, distrayéndonos con cualquier detalle que captar nuestra atención. Algunos miraban el techo y los sistemas de extinción de incendios, otros le dedicaban miradas furtivas a las clientas, otros ya sólo se miraban los pies…

En un momento de la tarde, Elena entró a un probador para probarse un par de prendas que había seleccionado. Entré con ella el probador, y allí estuve hasta que me riñó una de las dependientas: “¡sólo una persona por probador!” (por algún motivo que no comprendo: al fin y al cabo ésa es la mejor manera de ver cómo le queda lo que se está probando). Pedí las correspondientes disculpas y salí. Me coloqué frente a la puerta del probador, apoyado en la pared y mirando a la puerta, esperando a que Elena saliera. Levanté la vista, y observé que, en el mismo pasillo, estábamos tres hombres en la misma situación: esperando a que nuestras mujeres salieran de los pequeños habitáculos. Me recordaba a las escenas de las películas en las que unos padres nerviosos esperan fumando a chorros a que sus mujeres den a luz en el paritorio y, al final, sale una enfermera y les dice: “ha sido un niño”. Igual que un paritorio, esperando. Me preguntaba si la gente detractora de los partos en los hospitales y que prefieren alumbrar a sus bebés en sus camas, y que suelen calificar al parto en un hospital de poco humano, considerarán que los paritorios son algo parecido a lo que yo estaba viviendo en el probador.

Y es que los centros comerciales, asumámoslo, no están ni preparados ni diseñados para los hombres. En ese mismo centro, hace un par de años, lo pude comprobar en mis propias carnes, una mañana con Elena. Después de realizar nuestros recados, nos encaminamos a tomar una cerveza en uno de los bares que hay en el centro comercial, que me habían dicho que eran bonitos y elegantes. Nos sentamos en lo que yo pensaba que era una terraza vacía de un bar. Que yo estaba bien equivocado lo pude comprobar en cuanto nos sentamos en una mesa y Elena me espetó: “¿Sabes cómo funciona?”. Qué tontería, claro que sé como funciona. Cómo no voy a saber cómo funciona un bar. Vamos a ver, es un bar, he estado en unos cuantos.

Pues no, no lo sabia. El procedimiento era enrevesado: te sientas en una mesa, coges un papel que te dan y en él escribes tu nombre y marcas el aperitivo que quieres comer. Luego te levantas y te vas a la barra, donde una camarera borde te toma el pedido, le das el papel y de dices qué quieres beber. Te cobran, te dan tu bebida y te sientas. Al cabo de un rato te llaman por megafonía (sí, sí, por megafonía) para que te levantes a recoger tu aperitivo. ¿Pero qué mierda es ésa?

Pensé que eso estaba pensado para las mujeres y para que los hombres no pudieran comprenderlo y se sintieran perdidos. Las mujeres van más a los centros comerciales y se aprenden esos trucos extraños y, cuando vuelven con sus parejas, ya se lo saben, y nosotros nos quedamos con cara de tontos. Que mi hipótesis era correcta lo pude comprobar en unos minutos, cuando dos mujeres que venían con sus cientos de bolsas de cartón de comprar trapitos se sentaron e iniciaron el procedimiento con total naturalidad. En cambio, al cabo de otro rato, un pobre marido descarriado que venía huyendo de las tiendas se sentó en una silla y empezó a esperar y esperar a que vinieran a atenderle. Pobre. Al final tuvieron que salir las camareras a rescatarle. ¿Se pensaba usted que esto era un bar, eh? Inocente.

En definitiva, no están hecho los centros comerciales para nosotros, o nosotros para ellos. Menos mal que hay algunos en los que, además de las tiendas de ropitas, hay algún supermercado en el que se puede aprovechar el tiempo para hacer la compra y llenar la despensa. Menos mal.

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Yo, y mis extraños problemas

Publicado en Cosas mías por thetuzaro en 7 Noviembre 2009

Empiezo a escribir esta entrada mientras escucho la música que me ponen los de la Atención al Cliente de Vodafone con la intención de hacerme más amena la espera, aunque consiguen sacar de los nervios al más pintado. Estoy tratando de comunicarme con ellos para ver si he sido capaz de que mi tarjeta prepago se identifique correctamente. Como muchos de vosotros sabéis, las tarjetas prepago que no estén identificadas el lunes, dejarán, por ley, de funcionar, aunque se podrán recuperar en los siguientes seis meses. A partir de entonces quedarán perdidas definitivamente. Yo, que tengo una de estas tarjetas me he visto en la obligación de acercarme a una tienda de Vodafone e identificarme. Y, cómo no, me pasaron cosas raras.

En la tienda

Entré con Elena, a la que atendieron primero y que hizo todo fenomenal, sin ningún problema. Pero luego llegué yo, y conmigo empezó la risa. Me encuentro con que, al comprobar mis datos, la chica de la tienda (que, por cierto, estaba más pendiente de mirar en el ordenador fotos de una fiesta y de hacerse muecas y carantoñas con un chaval a través del escaparate que de atendernos) me dice que mi teléfono no es mío. Es decir: que en los datos de mi tarjeta SIM aparecía cómo cliente, pero que el comprador de la tarjeta era otra persona, y que no se podía hacer nada.

Sorprendido, le dije que a lo mejor la persona que aparecía como compradora era mi madre, que fue quien me regalo mi primer móvil. No era. Como no me lo podía creer, le dije a la chica de la tienda que a mí me llegaban religiosamente cartas a mi casa con mi dirección y que, por tanto, debería ser el titular. Eso no se lo creyó ella. Como es una tarjeta de prepago no me mandan cartas a casa, punto. Por fin se le ocurre a Elena la brillante idea de preguntar a la chica si nos puede decir el nombre (sin apellidos) de la titular, y aparece el personaje misterios de la historia: Ángela.

Imagínese el lector por un momento que Elena estuviera con la mosca detrás de la oreja de que yo se la estaba pegando con alguna conocida mía, del trabajo o de donde sea, y ese nombre aparece. El embrollo hubiera sido ya mayúsculo. Afortunadamente, como Elena sabe que no tengo ojos nada más que para ella, y como no conocemos a ninguna Ángela, no hubo conato de divorcio. Eso sí, el misterio sigue siendo igual de gordo: mi línea telefónica no es mía, sino de una persona que se llama Ángela, y que no sabemos quién puede ser.

La chica de la tienda, en un alarde de profesionalidad que casi me hace perder los nervios, se me queda mirando a los ojos golpeando el mostrador con un bolígrafo: “aquí pone que no eres el titular”. Silencio. Lo rompo preguntando qué solución me proponen, si es que me proponen alguna, o sólo me aconsejan que pierda mi línea de teléfono. Me dicen en la tienda que no me preocupe, puesto que la línea ya está identificada, así que no la voy a perder, y que si quiero aparecer como titular, ellos no me pueden ayudar. No, no, imposible, nosotros no podemos hacer eso ni de broma: debe usted llamar al servicio de Atención al Cliente para que cambian la titularidad.

Con esa información nos vamos a tomar una cerveza, mientras pensamos en quién puede ser Ángela, y en que si me da por hacer atentados con mi móvil, le echarían la culpa a ella. Elena, sugiere que Ángela podría ser la vendedora a la que mi madre le compró el móvil. Tiene mucho sentido: en aquellos tiempos no era obligatorio identificar el móvil, esta chica se ponía en todos los que vendía y a ganar puntos como buena clienta.

Con Atención al Cliente

Al cabo de un rato me decido a llamar a Atención al Cliente, donde, tras un buen rato explicando mi extraña situación y escuchando la musiquita del anuncio de la tele la operadora me da la solución: “Hemos verificado los datos y entendemos su problema. Para solucionarlo, sólo tiene que ir a una Tienda Vodafone, puesto que ellos son los únicos que pueden realizar el cambio de titularidad y nosotros por teléfono no”. Perfecto, estoy atrapado. Los de la tienda me dicen que no, que no, que ni de broma pueden ayudarme y que llame a los del teléfono. Los del teléfono que no, que no, que ni de broma pueden ayudarme y que vaya a una tienda. La chica del teléfono, muy amablemente, me dice que son los de la tienda los únicos que pueden hacer ese cambio, y me insinúa que les diga que, si no saben hacerlo, que llamen al Servicio de Atención al Distribuidor.

Y en esa situación me quedé: supuestamente, no iba a perder mi línea porque ya está identificada, pero no puedo ser el titular. Unos días más tarde fui a una tienda diferente a contarle toda mi peripecia a la chica que atendía. Me miraba a los ojos sin mover ni una pestaña y, cuando terminé, me dio la sensación de que no había entendido nada. Le pregunté: “no sé si me estoy explicando…”. Ella se encogió de hombros y me dijo: “y qué más da que no seas el titular: yo te identifico a ti y punto”. Dicho y hecho: se fue al ordenador, comprobó mis datos y me dio un recibo demostrando que yo ya me había identificado. ¡Así de fácil! No obstante me recomendó que llamara a Atención al Cliente de nuevo y me asegurara de que era suficiente con lo que ella había hecho… y en eso estaba.

Movilidad reducida

Publicado en Columnas por thetuzaro en 31 Octubre 2009

Hace un par de días, en el programa Crónicas de La 2 de Televisión Española, emitieron un reportaje sobre un matrimonio de conocidos míos. El programa se puede ver en la página de RTVE, y trata de cómo hace esta pareja para vivir, teniendo en cuenta que él padece Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que, para que nos entendamos, es la enfermedad que padece Stephen Hawking. Viéndolo se plantea uno las dificultades que tiene que pasar para hacer su vida cotidiana gente con problemas de movilidad. El caso del chico éste es especialmente grave, puesto que ni siquiera puede moverse por sí mismo, pero incluso teniendo algún problema de movilidad leve, la vida diaria puede ser un horror.

Por ejemplo, últimamente, al coger el autobús por las mañanas para ir a trabajar a Madrid, coincidimos con un chico que va en silla de ruedas. Afortunadamente para él, los autobuses que cubren la línea Alcalá de Henares-Madrid están equipados con una plataforma que permite acceder al vehículo a personas que vayan en silla de ruedas. Estoy seguro de que la empresa de los autobuses (que en el pasado se llamaba Continental-Auto, pero que hace unos meses pasó a formar parte de Alsa) presume de que todos sus autobuses están equipados con rampas de ese tipo. Describamos ahora los problemas de índole práctica que ocurren cuando este chico pretende ir a Madrid por las mañanas.

Para empezar, cogemos el autobús muy pronto, alrededor de las seis de la mañana, con lo que no creo que ninguno de los pasajeros se siente de muy buen humor. Supongo que este chico tendrá que laventarse de la cama con más antelación que nadie para poder asearse y desayunar antes de bajar a la calle. Allí tiene que esperar el autobús como todo hijo de vecino, con la salvedad de que, de entre esa impresionante flota de autobuses equipados con rampas para discapacitados, hay un porcentaje significativo en el que la rampa no funciona. La mecánica es la siguiente: el chico espera al autobús. Cuando llega, el conductor abre la caja cerrada con llave donde se encuentra el mando de la rampa y lo lleva hasta la puerta trasera del autobús, donde se encuentra la rampa. Una vez allí lo conecta y prueba a ver si funciona. Si el aparato no va, nuestro protagonista tiene que esperar al siguiente autobús… y probar suerte de nuevo. Si el aparato funciona, el chico podrá realizar su viaje.

Eso sí: nuestro chaval tendrá que aguantar que el pasaje del bus le mire con desprecio y que se escuche cómo algunos pasajeros emiten ruidos y se revuelven en sus asientos agobiados por la insoportable pérdida de tiempo (inferior a los cinco minutos, si todo va bien) que supone que una persona con movilidad reducida acceda a un servicio público (nada barato, por cierto: 2.85 Euros por trayecto, tras la subida del 30% que experimentó el billete sencillo este año). Y esto tiene que aguantarlo todos los días, sólo para llegar a Madrid. Una vez allí, ignoro los trabajos que tendrá que pasar para llegar a su destino final.

Así que, como conclusión, deberíamos pararnos a pensar en las putadas que les hacemos a este colectivo cuando diseñamos aceras, edificios o transportes públicos. Los profesionales que se dedican a estas labores han estudiado para hacer las cosas bien, y estoy seguro de que no es tan caro ni tan complicado.

Pantaleón, el transgresor

Publicado en Columnas por thetuzaro en 7 Octubre 2009

Hola a todos:

La idea de abrir este blog no es sólo que yo escriba de vez en cuando lo que me apetezca, sino también recuperar en la medida de lo posible mi minifanzine (u hoja parroquial) The Túzaro, en el que la gente, mis coleguillas, escribían columnas breves sobre lo que les daba la gana, solo que adaptado a los tiempos que corren. Para empezar con esa, creo que buena, costumbre, he conseguido engañar a Elena para que escriba una historieta de cuando ella era (más) joven. No quiero dejar pasar esta oportunidad para pediros que, lo que queráis que aparezca aquí, me lo envieis a thetuzaro (a) gmail.com. Sin mas dilación, os dejo con lo que ha escrito Elena: Pantaleón, el transgresor.

Hace unos días, hablando con Guelo, no sé lo que nos llevó a tratar el tema de los profesores que habíamos tenido en la infancia o en la secundaria. Pero no hablábamos de cualquier profe, no, no, sino de los que nos habían marcado de una forma u otra por alguna, o muchas, peculiaridades.

He tenido muchísimos profesores a lo largo de mi vida y de muchos tipos: desde la seño Toñi que nos enseñaba a hacer elefantes de plastilina y dibujos en moldes con punzones y que siempre olía a café, hasta Diego con su coleta canosa, su extrema exigencia y su sonrisa infranqueable, en la Universidad, impartiendo sus clases de Sociología y contándonos los mil y un viajes que había hecho y las diferentes etnias y culturas que había conocido.

Pero tengo que reconocer que aunque de cada uno de ellos podría contar alguna anécdota, me centraré en el que protagoniza la más divertida y surrealista.

Recuerdo que estaba en secundaria. Andaríamos por los quince o dieciséis años y claro, a esa edad como todos sabemos ya hay pechos, pelillos, granos, hormonas, risas que se tapan con las manos, complejos tontos…

Por aquel entonces (y supongo que ahora seguirá siendo igual) acostumbrábamos a que en cuanto sonara la sirena que marcaba el cambio de hora y de asignatura montábamos el mayor jaleo posible, justificado por la época de transición que protagonizábamos (já): gritos, saltos, mesas arrastrándose, peleas de tizas, escupitajos por las ventanas a chicos y chicas de otros cursos que estaban abajo, en el patio, mientras que otros se manoseaban.

Nos tocaba Tecnología, esa asignatura en la que aprendíamos a usar diferentes materiales, a hacer norias de palos de madera con arandelas, circuitos con bombillas, o al menos eso creíamos nosotros hasta que llegó nuestro nuevo profesor, sustituyendo al habitual por enfermedad.

Se llamaba Pantaleón (lo juro). Ante tremendo alboroto de adrenalina adolescente se plantó delante de la pizarra intentando alguna reacción por nuestra parte, qué inocente… ahí seguíamos, salvajes, irracionales. Entonces Pantaleón lo intentó nuevamente: esta vez escribió lo que luego supimos que eran sus tres palabras clave, en mayúsculas y las letras bien separadas entre sí: TRANQUILIDAD, QUIETUD, ESPERO. Lo escribió y acto seguido empezó a levantar los dedos de una mano contando hasta tres, todo esto en silencio. Nos llamó tanto la atención aquella actitud tan de hippie, de no gritar, que notamos la tensión en el ambiente y nos sentamos donde debíamos. El resto de la clase trascurrió con normalidad. La siguiente vez que tuvimos clase con Pantaleón ya se atisbaban ciertas rarezas. Y aquí empieza la historia de verdad.

El hombre estaba obsesionado con los terremotos, maremotos y demás catástrofes naturales. Se indignaba al ver la poca cultura de prevención que tenía la sociedad española ante la desgracia de un posible movimiento sísmico. A partir de ese día la clase de Tecnología pasó de tener cables y explicaciones de fórmulas en la pizarra a estrategias de supervivencia. Una de esas estrategias la llevamos a la práctica en clase. El acuerdo era el siguiente: él daba una clase relativamente normal de Tecnología pero en el momento en que diera una palmada nos teníamos que tirar cuerpo a tierra bajo mesas y marcos de puerta con el objetivo de salvar nuestra vida por si se nos caía la clase encima. Sobra decir que aquello nos encantaba, cada clase era una fiesta y el profesor era el partícipe por excelencia. Si venía alguien ‘externo’ automáticamente volvíamos a la materia del temario. Era algo que ya teníamos asumido y controlado tanto Pantaleón como nosotros.

Lo realmente llamativo de toda esta historia es lo que nos pidió a mitad del curso para nuestros aprendizajes avanzados de supervivencia. Como todo buen superviviente sabe, una lata de sardinas es de lo mejorcito que hay en una situación de lo más chunga, pero no, Pantaleón tenía que ir más allá. Nos decía que de quedarnos aislados en un bunker tendríamos que plantar nuestro propio alimento, así que nos pidió que lleváramos un poco de estiércol, un ajo y pis de gato o perro (lo aseguro, tengo testigos). Claro, estábamos flipando. Pero lo hicimos. Nos tenía obnubilados.

El estiércol lo saqué de un pequeño solar con animales que tenía mi abuela Carmen, que tampoco daba crédito a todo aquello aunque finalmente me lo dio. La orina de perro nos la facilitó Julia, otra compañera de clase, que tenía muchos perros y tenía para dar y regalar.

Y allí estábamos todos otra vez, en fila india bajando al sótano del instituto a dejar nuestro kit básico que todo superviviente debe tener y volviendo a clase con la nariz como un pimiento del polvo que había allí abajo.

Jamás utilizamos el estiércol ni el pis (de hecho, supongo que allí seguirán), tampoco nos cayó la estructura del edificio encima, aunque al menos ahora contamos con unos conocimientos de lo más útiles. Pantaleón era un incomprendido, un transgresor.

¡Gracias Pantaleón!

Elena

La ciencia española no necesita tijeras

Publicado en Cosas mías, General, Rollos de la tesis por thetuzaro en 7 Octubre 2009

3973473121_e76fde787c_oHola a todos:

Hoy, me sumo a la iniciativa propuesto por el autor del blog La Aldea Irreductible para protestar por el recorte a la financiación de la ciencia en España de los Presupuestos para 2010. Mis mótivos son de diverso pelaje. Primero, personal: vivo de esto. La mayor parte de la ciencia en España, por lo que conozco, está hecha por investigadores relativamente jóvenes. Según pasan los años y la gente se va haciendo más vieja, va, proporcionalmente, haciendo más burocracia y menos ciencia. Una parte de estos jovenes (como es mi caso) trabajan duro mientras realizan su tesis doctoral. Esto supone que, con la excusa de que están en formación, cobran poco (las becas oficiales de docotrado son de unos 1200 Euros brutos al mes) o, en muchos casos, ni siquiera cobran nada. Todo esto por hacer un trabajo tan trabajo como el que harán una vez sean doctores. Y el caso es que la situación al otro lado de la raya, es decir, cuando se es doctor, aunque mejora, sigue siendo poco satisfactoria. Así que, si se recortan los presupuestos, pues peor aún.

Por otro lado está la falta de medios en muchos centros de investigación españoles, en los que se tiene que aplicar a rajatabla eso de “el hambre agudiza el ingenio” para poder obtener resultados científicos de relevancia. Así que, si se recortan los presupuestos, pues peor aún.

Quizá lo más sangrante en este caso es que, pese a toda la palabrería que se ha escuchado desde el comienzo de la crisis ésta en la que nos hayamos inmersos (algunos desde hace un año, y otros, como he dicho antes, desde todo la vida), la crisis de los I-Phones y las teles de plasma, al final la pasta de los presupuestos y las ayudas para relanzar la economía van para los de siempre, los ricachones, que en el caso español están primordialmente relacionados con la banca y la construcción. Y a los científicos, a pesar de todo lo que se dijo de cambio de rumbo económico, pues eso, que nos den por culo.

Por estos motivos, entre otros, me adhiero a la campaña LA CIENCIA ESPAÑOLA NO NECESITA TIJERAS.

Pues me parece muy bien

Publicado en Cosas mías, General por thetuzaro en 4 Octubre 2009

Hoy una nota breve.

Me parece muy bien que no le hayan dado los Juegos Olímpicos a Madrid. ¿Por qué? Pues por varias razones.

¿Para que me vale a mí que haya unos juegos olímpicos en Madrid? ¿Para que se enriquezcan otra vez los constructores? ¿Para que Florentino Pérez se ponga todos los dientes de oro? A mí eso no me beneficia en absoluto. Para alguna gente, supongo, serían unos paños calientes: estás en paro porque te ha cazado el pinchazo inmobiliario, así que te viene bien que los amos vengan a darte unas migajas de nuevo. Es lógico pensar así, aunque también es un poco superficial (y, es también pensamiento de emergencia: estás hasta las cejas de deudas y te viene bien el dinero te lo de quién te lo de). Igual habría que pensar que el modelo económico éste consiste en tener bonanzas y batacazos, y que una bonanza (como los JJ. OO.) no hubiera sido sino el preludio de otro batacazo.

Por otro lado, las molestias de más obras y los atascazos no sé si me beneficiarían mucho. Además, decidme malo, pero me da bastante risa ver a la gente que se ha cogido disgustos terribles y sale llorando en la tele con la cara pintada con los colores olímpicos. Pero, quizá lo más importante sea que me parece que, en cuestión de imagen, lo de Madrid era una chapuza por dos motivos: el logo era (conceptualmente) igual al de la campaña que recomienda consumir cinco verduras o frutas al día. Y además, el otro día, cuando hicieron el rollo éste de juntarse muchas gente a hacer un gran mosaico en la Cibeles con los colores olímpicos… bien, no está mal, si no fuera porque faltaba el negro. Y discrimimando a un continente no son maneras de defender el Espíritu Olímpico, suponiendo que ese espíritu sea algo noble relacionado con el deporte y la fraterindad humana.

He dicho.

Los calores de la Conti

Publicado en Cosas mías por thetuzaro en 1 Octubre 2009

Hoy toca escribir en el blog. Pero escribir desde la indignación y la mala leche, aunque a estas horas, cuando ya ha pasado bastante rato, nos hemos tranquilizado un poco. Digo nos hemos porque la indignación y la mala leche la teníamos Elena, que hoy ha terminado de trabajar mucho más tarde de lo que debería, y yo.

Nosotros trabajamos en Madrid, y cogemos a diario la Continental, La Conti, el autobús interurbano que conecta Alcalá de Henares con Madrid. A la ida todo bien: como madrugamos una barbaridad no hay ni coches ni nada y llegamos en seguida. Lo malo ha sido la vuelta. En esta época del año, y también en primavera, es decir, cuando la temperatura no es fría, pero la gente tiene necesidad de lucir los modelitos de entre tiempo, suele hacer unos calores terribles en La Conti.

Imaginemos la situación: hay más de 20 ºC en la calle, en el autobús vamos montadas 80 personas, y las rendijas que lleva abiertas el chófer para que el autobús se ventile son del tamaño de la boca de un buzón. En verano aún llevan aire acondicionado (y de hecho suele hacer más frío que el que hacía hoy), pero ahora los chóferes se limitan a abrir unas mínimas rendijas en el techo del bus que no valen ni para tomar por culo. Al tío que conduce le da igual: total, él lleva una ventanilla gigante abierta al lado de la cara, con lo que lo mismo hasta se cree que va en moto. En cambio nosotros a pasar calores, sobre todo cuando la cosa se complica y hay atasco, como hoy.

Lo malo es que según avanza el frío cada vez me da la sensación de que es más complicado ir a gustito en La Conti, porque la gente, que debe de ser boba o tener el termostato roto o tener una obligacón moral de llevar el modelito de invierno aunque haga tiempo de piscina, con los calores de la muerte, sigue abrigada hasta las cejas, no vaya a ser que les entre un soplo de aire fresco. Alguien debería explicarles un poco de termodinámica y de cómo hace el cuerpo para regular su temperatura, y de cómo hace un abrigo para mantener el calor del cuerpo.

Claro, con esas temperaturas no hay quien aproveche las dos horas largas que se tira uno en el colectivo para hacer algo de provecho como leer, estudiar idiomas o pegarse una siesta de puta madre. Con esos calores sólo dan ganas de llegar a casa con el cabreo y pegarse una buena templa de cerveza para referscarse.

En fin, que mañana toca otra vez. Esperemos que podamos ir más o menos normal, y rápido, si es posible.