The Túzaro

Movilidad reducida

Posted in Columnas by thetuzaro on 31 octubre 2009

Hace un par de días, en el programa Crónicas de La 2 de Televisión Española, emitieron un reportaje sobre un matrimonio de conocidos míos. El programa se puede ver en la página de RTVE, y trata de cómo hace esta pareja para vivir, teniendo en cuenta que él padece Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que, para que nos entendamos, es la enfermedad que padece Stephen Hawking. Viéndolo se plantea uno las dificultades que tiene que pasar para hacer su vida cotidiana gente con problemas de movilidad. El caso del chico éste es especialmente grave, puesto que ni siquiera puede moverse por sí mismo, pero incluso teniendo algún problema de movilidad leve, la vida diaria puede ser un horror.

Por ejemplo, últimamente, al coger el autobús por las mañanas para ir a trabajar a Madrid, coincidimos con un chico que va en silla de ruedas. Afortunadamente para él, los autobuses que cubren la línea Alcalá de Henares-Madrid están equipados con una plataforma que permite acceder al vehículo a personas que vayan en silla de ruedas. Estoy seguro de que la empresa de los autobuses (que en el pasado se llamaba Continental-Auto, pero que hace unos meses pasó a formar parte de Alsa) presume de que todos sus autobuses están equipados con rampas de ese tipo. Describamos ahora los problemas de índole práctica que ocurren cuando este chico pretende ir a Madrid por las mañanas.

Para empezar, cogemos el autobús muy pronto, alrededor de las seis de la mañana, con lo que no creo que ninguno de los pasajeros se siente de muy buen humor. Supongo que este chico tendrá que laventarse de la cama con más antelación que nadie para poder asearse y desayunar antes de bajar a la calle. Allí tiene que esperar el autobús como todo hijo de vecino, con la salvedad de que, de entre esa impresionante flota de autobuses equipados con rampas para discapacitados, hay un porcentaje significativo en el que la rampa no funciona. La mecánica es la siguiente: el chico espera al autobús. Cuando llega, el conductor abre la caja cerrada con llave donde se encuentra el mando de la rampa y lo lleva hasta la puerta trasera del autobús, donde se encuentra la rampa. Una vez allí lo conecta y prueba a ver si funciona. Si el aparato no va, nuestro protagonista tiene que esperar al siguiente autobús… y probar suerte de nuevo. Si el aparato funciona, el chico podrá realizar su viaje.

Eso sí: nuestro chaval tendrá que aguantar que el pasaje del bus le mire con desprecio y que se escuche cómo algunos pasajeros emiten ruidos y se revuelven en sus asientos agobiados por la insoportable pérdida de tiempo (inferior a los cinco minutos, si todo va bien) que supone que una persona con movilidad reducida acceda a un servicio público (nada barato, por cierto: 2.85 Euros por trayecto, tras la subida del 30% que experimentó el billete sencillo este año). Y esto tiene que aguantarlo todos los días, sólo para llegar a Madrid. Una vez allí, ignoro los trabajos que tendrá que pasar para llegar a su destino final.

Así que, como conclusión, deberíamos pararnos a pensar en las putadas que les hacemos a este colectivo cuando diseñamos aceras, edificios o transportes públicos. Los profesionales que se dedican a estas labores han estudiado para hacer las cosas bien, y estoy seguro de que no es tan caro ni tan complicado.

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