The Túzaro

Curación milagrosa

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 9 febrero 2010

Voy a aprovechar que tengo un ratito antes de cenar para descansar un poco de la tesis y contaros una batallita de éstas mías: la de cuando me curé milagrosamente de unas fiebres en Ávila.

Todo aquel que me conozca sabe que yo no creo en estas cosas. Al fin y al cabo soy científico de formación (y, de momento, también de profesión) y me gusta ser todo lo racional y escéptico posible con estos fenómenos. Pero es que, amigos, cuando es uno mismo el que tiene la experiencia, el que vive el fenómeno, el que lo ve con sus propios ojos, el que lo sufre en sus propias carnes…  entonces, ay, amigos, no hay razón que valga.  Entonces no hay análisis, estadística ni ensayos con el procedimiento de  doble ciego. No hay artículos en revistas científicas, no hay revisión por pares ni arbitraje. No hay comité de expertos ni tribunal de tesis. No hay tu tía, vaya. Pero vayamos al grano.

Era yo bastante pequeño y estaba de vacaciones con mis padres en el pueblo, en la provincia de Cáceres. No sé decir si era Semana Santa u otra época del año, pero sí que eran unas vacaciones de unos pocos días. Tan mala suerte tuve que en esos pocos días me puse malito. No recuerdo que enfermedad tenía, pero estuve todas las vacaciones tumbado en un banco que había en la cocina de casa de mi abuela, arropadito, con mi pijamita amarillo de caballitos, y con una fiebre de espanto que no había manera de quitarme. Mi mamá me cuidaba, me daba calditos y medicina. Y yo pachucho, pachucho. No sé, sería alguna gripe, una gastroenteritis o algo, pero el caso es que me encontraba fatal, había perdido el apetito, y mi madre no encontraba la manera de curarme. Ése es el recuerdo borroso que tengo.

Y así se pasaron las vacaciones y nos volvimos para Alcalá toda la familia metidos en la furgoneta Ebro de mi padre. Yo, que creo recordar que durante el viaje aún llevaba puesto mi pijamita amarillo de caballitos, iba medio dormido. En aquellos tiempos las carreteras no eran tan buenas como ahora, y el viaje se hacía largo (y aún más en furgoneta, y más aún con tantos pasajeros como iban en esos viajes), así que solíamos hacer una parada técnica en Ávila. A mí me encantaba parar allí. Había un bar, que creo que lleva bastantes años cerrado, que en algún momento se llamó La Marquesina, y que se encontraba junto a la carretera, en un extremo del puente sobre el río Adaja. A mí me gustaba parar en Ávila porque me gustaba ver las murallas, y me gustaba parar en aquel bar donde mis padres siempre  solían pedir alguna ración de algo para que comiéramos. Por desgracia, aquella vez no me encontraba bien y no tenía ganas de salir de la furgoneta. Mi madre me preguntó si quería bajar a comer, pero le dije que no, y me quedé durmiendo, tan tranquilo, solo en la furgoneta.

¿Tan tranquilo? No, de eso nada. Por mi cabeza empezaron a pasar un montón de pensamientos a gran velocidad. Sólo parábamos dos o tres veces al año en Ávila, y me lo iba a perder. Me iba a perder comer en ese bar que tanto me gustaba. A mí, en particular, me encantaba que mis padres pidieran callos. A mí esos callos me sabían a gloria, a vacaciones y a invierno, a esa sensación que se tiene en invierno cuando pasas frío y entras a un lugar acogedor. ¡Y me lo iba a perder! ¿Me lo iba a perder? ¡Ni hablar! Enfermo como estaba tomé la determinación y salí de la furgoneta (no sé si aún con el pijamita de caballitos) dispuesto a disfrutar de esos callos que tanto me gustaban. Y así hice: entré en el bar y aparté a mis padres y a mis hermanos, que obstaculizaban mi camino hasta el plato donde, humeantes, me esperaban los callos.

Cuentan mis padres, que aún recuerdan ese día con gran regocijo, que acabé con  casi toda la ración yo solo, sin dejar que nadie se atreviera a acercarse a aquel manjar, aquel bálsamo de Fierabrás que me estaba librando de mis males. Liquidé los callos con afán y mojé todo el pan que pude en la salsa. Mis padres no salían de su asombro. Había entrado una vitalidad en mí que no podían creer. ¡Estaba curado! ¡Y yo tan feliz, sin darme cuenta del milagro que acababa de experimentar!

Después de la comida continuamos nuestro camino comentando lo que acabábamos de ver. El resto del viaje transcurrió con total normalidad. Yo no volví a presentar ningún síntoma. Una cosa estaba clara: los callos de Ávila me habían curado,  y eso es algo que no he podido olvidar, por más años que hayan pasado. Así, me he acabado convirtiendo en un venerador de los callos, porque creo que es mi deber, porque a ellos debo mi salud.

Una respuesta

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  1. jordim said, on 14 marzo 2010 at 15:44

    habrá que vender callos en las farmacias. Estos milagros pasan a veces…

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