The Túzaro

Latas de cerveza en León

Posted in Batallitas, Cómics by thetuzaro on 2 abril 2011

Elena y yo llevamos juntos unos pocos años ya, casi cinco. A todo el mundo le sorprende que uno de Alcalá y una canaria haya acabado juntos, y mucha gente supone que nos conoceríamos en algún viaje mío a Gran Canaria o algo así. Pero no, lo cierto es que somos una de esas parejas modernas que se conocieron a través de Internet, en particular, a través de una red social un tanto primitiva: el Fotolog. Yo tenía un Fotolog en el que, prácticamente cada día, publicaba una foto en la que salía yo u otra persona con una botella o un vaso en la cabeza. Ella, otro Fotolog en el que subía las fotos que a ella le apetecieran. Así nos conocimos, sí.

Seguramente la cosa no hubiera ido mucho más allá si no fuera porque Elena consiguió una beca del programa SICUE/Séneca y se fue a estudiar un año a la Universidad de León. Os podéis imaginar que casi todos los fines de semana yo me cogía mi furgoneta (¿dónde estarás ya?) y me plantaba en León, y que los fines de semana que no pasaba esto, era porque Elena venía a Alcalá. León me pareció una ciudad excelente, preciosa, y con una costumbre de comer y beber bien que me enamoró. Sí, durante un año me creí leonés.

Uno de tantos fines de semana en los que fui a visitar a mi novia, me llevé a unos cuantos amigos. Elena, que justo acababa de salir de un examen, nos había preparado una cena a base de pinchos en su piso de estudiante, pero se le había olvidado compranos unas cervecitas para acompañar. De modo que Antonio y yo nos ofrecimos a bajar a comprar algunas latas o litronas, lo que encontráramos. Elena vivía en pleno centro de León, y la verdad es que no sabíamos si en los alrededores, a una distancia que pudiéramos ir a pie y no tardar mucho, había alguna tienda de chinos o unos frutos secos donde comprar. Así que nos bajamos a la aventura y empezamos a caminar.

No habíamos andado mucho cuando vimos una cafetería que también vendía productos típicos, y que tenía un cartel en la puerta anunciando que tenía bebidas frías. Perfecto: lo que andábamos buscando, así que entramos a preguntar si tenían algo que nos interesara.

Hay que reconocer que yo soy un tipo que, a veces, formula las frases de una manera rara, y que a veces la gente no me entiende, y puede ser que mi manera de preguntar si tenían latas o litronas de cerveza para llevarnos a casa fuera lo que detonara el festival de confusiones que estaba a punto de comenzar. Yo no sé si fue porque mi cabeza pensó fugazmente en la posibilidad de que la jovencita que nos atendía, al ser de León, no llamara a las litronas “litronas”, del mismo modo que en el País Vasco dicen “katxis” y en otras partes de España llaman a los litros de cerveza de otras maneras. El caso es que entramos a la tienda y dije: “Hola, ¿tenéis cervezas para llevar?”.

La chica nos miró raro y nos dijo que tenían cervezas de botella. Entonces yo supuse que, probablemente, estaba hablando de litronas, así que le pregunté que cómo eran de grandes las botellas, esperando que me dijera “de litro”, “de tercio” o lo que fuera. En lugar de eso, la dependienta nos contestó “así”, mientras separaba los dedos índice de sus manos una distancia similar a lo que debía de ser el tamaño de la botella (ver figura).

Éste era el gesto de la dependienta.

Antonio y yo supusimos que las botellas debían de ser de un tercio y que, al contrario que en la mayoría de los bares, nos dejarían llevárnoslas a nuestra casa. Hicimos un rápido cálculo mental de cuánta gente éramos y le pedimos un número determinado de cervezas, pongamos que fueran quince. Ni corta ni perezosa la chica empezó a sacar tercios de la nevera y a abrirlos en la barra delante de nuestras narices. Rápidamente, reaccionamos y le dijimos que no los abriera, que eran para llevárnoslos a casa, que ya los abriríamos nosotros. Ya había abierto dos o tres botellas: no pasa nada, esas nos las tomamos allí y ya está. Así que siguió sacando botellas y poniéndolas encima de la barra.

A todo esto, no he mencionado que la dependienta, a cada frase que decíamos, ponía cada vez más una cara que parecía indicar que estaba pensando “de qué planeta vinieron estos dos fichajes”. Estábamos allí de pie, los dos, diciéndole esas cosas tan raras, y además, empezando ya a cuchichear entre nosotros comentando las cosas tan curiosas que estábamos viendo. En ese momento, otro pensamiento fugaz vino a mi cabeza: ¿qué hacemos con las botellas vacías, con los cascos? ¿Son retornables? ¿Podemos tirarlos a la basura o tenemos que devolvérselos para que ella, a su vez, se los dé al distribuidor y éste le descuente un dinerillo en su siguiente compra? Y como soy un hombre de reacciones rápidas, le pregunté rápidamente qué teníamos que hacer: “oye, ¿las botellas vacías qué hacemos con ellas? ¿las traemos luego o las podemos tirar a la basura?”. No supo qué contestarme y fue a preguntar a una de sus compañeras.

Allí la veíamos, en el fondo de la cafetería, explicando a su compañera lo que habíamos pedido y lo que le habíamos preguntado. También veíamos la cara de sorpresa de su compañera y cómo salió al rescate y vino corriendo hacia nosotros para decirnos que no, que no nos podíamos llevar los tercios a casa. Pero no nos teníamos que preocupar, que en el mostrador de los productos típicos tenían latas. ¡Salvados! ¡Una dependienta que sabía lo que queríamos! Que tampoco era nada del otro mundo: no puedo comprender como una chica de esa edad, que seguro que estaba harta de hacer botellón, no supiera entender lo que estábamos pidiendo.

Esta dependienta tan amable se ofreció a acompañarme hasta el mostrador de los productos típicos, donde había una nevera con latas de refresco y algunas cervezas que podría comprar. Eso sí, tal y como me advirtió según nos íbamos acercando a la nevera las latas no eran de un tercio. Así que yo me imaginé que serían latas de éstas que son un poco más grandes, de medio litro. Aún recuerdo como nos plantamos frente a la nevera cuando ella iba por la mitad de la frase: “lo único es que las latas no son de tercio…”.  También recuerdo como al ver las latas, normales, de tercio, dentro de la nevera, la frase acabó: “… son de 33”.

Ya había visto suficiente. “Es igual, éstas mismas nos valen”, le dije. Cogí unas cuantas, casi todas las que había, me las puso en una bolsa, y volví a la barra, donde Antonio estaba bebiéndose uno de los tercios que ya nos habían abierto, y seguramente preguntándose por qué yo volvía con las latas y con una enorme sonrisa en la boca.

Acabó la batallita tomando las cervezas que nos habían abierto  y haciendo bromas sobre esto tan gracioso que nos había pasado y lo que nos íbamos a reír cuando volviéramos a casa de Elena y lo contáramos. Por cierto, una pareja de amigos que se hospedaban en un hotel cercano fue a la misma tienda a comprar latas de cerveza para llevarlas a casa de Elena cuando nosotros ya nos habíamos ido. Me pregunto si las dependientas de la cafetería pensarían si estaríamos haciendo una yinkana o algo así.

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