The Túzaro

El gitano del neutrino

Posted in Éste y sus cosas, Batallitas by thetuzaro on 21 mayo 2011

Hoy, que es jornada de reflexión y no se puede meter uno en camisa de once varas, os dejo con una anécdota muy interesante que me pasó hace un montón de años, cuando trabajaba con mi padre en los mercadillos ambulantes. La escribí hace cuatro años o así para publicarla en otra parte, pero nucnca vio la luz, y la publico hoy aquí, casi sin editar.

El gitano del neutrino.

 Una historia verídica que ha pasado de verdad.[1]

La gente que me conoce suele, por lo general, saber que soy licenciado en Ciencias Físicas[2]. Creo que la gente que me conoce suele, por lo general, saber que mi padre ha trabajado toda mi vida en los mercadillos ambulantes. Tenía un puesto de cestos de mimbre y cosas así, aunque, por circunstancias de la vida, el negocio se fue escorando cada vez más hacia la venta de gorros, de lana en invierno, de paja en verano. El caso es que mientras estudiaba, solía trabajar con mi padre en el puesto, los fines de semana y en vacaciones. Qué poco sospechaba yo que había en el mercado gente mucho más preparada que yo, que por aquel entonces estaba estudiando en la universidad. Y no me refiero a gente más preparada en la universidad de la vida o que supieran mucha gramática parda, no. Me refiero a gente más preparada que yo en ciencia. Sí, sí, como lo lees. La cosa fue más o menos así.

Los miércoles hay un mercadillo en un barrio de Alcalá (no lo he dicho, pero la gente que me conoce suele, por lo general, saber que prácticamente toda mi vida he vivido en Alcalá de Henares). Un miércoles de Semana Santa, como tenía vacaciones en la universidad, fui con mi padre a vender. Por aquella época me había dado por leer libros de divulgación científica porque tenía la sensación de que si algún amigo me hacía alguna pregunta sobre algún tema relacionado con la Física que hubiera visto en la tele o leído donde fuera, yo sólo sabía hacer cuentas, pero no tenía una visión general o incluso filosófica de lo que implicaban mis conocimientos, así que me quería preparar. Si no recuerdo mal estaba en cuarto curso de Ciencias Físicas. En los mercados hay mucho tiempo en el que no viene nadie al puesto, por lo que es conveniente llevar al puesto algo para estar entretenido. Y allí estaba yo. Al sol. Al lado de mi puesto. Leyendo el libro que había sacado en préstamo de la biblioteca hacía un par de días: En Busca del Infinito. Nunca lo terminé de leer, pero, si no recuerdo mal, era un libro sobre curiosidades matemáticas. Total, que allí estaba yo, con mi libro, al sol. El puesto colindante con el mío era de un gitano, Emilio, que vendía ropa. Frente a mí había otro puesto de otro gitano, Eduardo. Dos puestos más a la izquierda del de Eduardo estaba el puesto de su hermano gemelo, del que no recuerdo el nombre. Los dos gemelos vendían también ropa.

En un momento dado, no recuerdo muy bien cómo fue, uno de los gemelos se me acercó y me preguntó por el libro. Se acercó, se inclinó ligeramente para leer el título y me dijo: “Ah, en busca del infinito”. Yo asentí y el contestó “Y, ¿por qué no te lees mejor un libro que sea en busca de Jesús?”. No recuerdo que contesté pero seguro que algo tan poco convincente como “porque me estoy leyendo éste ahora” o alguna torpeza semejante. El caso es que su hermano y Emilio se acercaron y se unieron a la conversación. “Este muchacho está siempre leyendo, que yo me he fijado”, decía Emilio. Y allí estuvimos un ratito hablando sobre la lectura y sobre que ellos, por encima de cualquier otra cosa (y quizá en sustitución de muchas otras cosas) leían la Biblia, y que allí se encontraban todas las enseñanzas necesarias para la vida, y que todo lo que allí venía era una joya… Yo estaba resuelto a decir que sí a todo hasta que se cansaran y me dejaran (una conversación sobre la Biblia no era lo que más me apetecía en aquel momento), y eso fue lo que estuve haciendo un buen rato.

Al final supongo que la conversación fue perdiendo interés porque nos quedamos el gemelo que había llegado más tarde y yo solos. “Así que lees mucho, ¿no?”, me preguntó. “Pues sí, además como paso mucho rato en el tren, pues aprovecho”, contesté. Y él: “¿En el tren? ¿Viajas mucho?”. “Es que estoy estudiando en Madrid, en la universidad”. “Oh, vaya. ¿Y qué estudias?”. “Ciencias Físicas”.

Para qué queremos más. Aquello le iluminó la cara. Estaba cara a cara con un científico. Entonces empezó a decirme que claro, que los científicos creíamos saberlo todo, pero que en muchas cosas estábamos equivocados, y que en la Biblia todo se explicaba correctamente, bla, bla, bla… Yo pensaba “Tierra, trágame”, pero entonces fue cuando soltó la primera bomba atómica.

Estábamos hablando de la edad del universo y de la Tierra. Evidentemente, el universo tenía 6.500 años aproximadamente. Para saberlo no hacía falta más que mirar el árbol genealógico de Jesucristo, que venía muy claramente en la Biblia. Que todo eso de mirar fósiles y sacar su edad por el estrato en el que se encontraban eran paparruchas. Que se extraían conclusiones excesivas y demasiado detalladas de muy pocos datos. Y para remate (aquí viene la bomba) me disparó algo inolvidable. “Fíjate que los científicos os contradecís a vosotros mismos. Y si no fíjate en la Teoría de la Evolución. Contradice claramente el segundo principio de la Termodinámica. Porque, conoces el segundo principio de la Termodinámica, ¿no?”. Allí el que se le pusieron los ojos como platos fue a mí. El segundo principio de la Termodinámica[3]. ¿Cómo sabía ese tipo de cosas aquel señor?

“Sí, sí, claro que lo conozco, faltaría más”, dije yo (con escaso convencimiento). “Pues entonces tú me dirás. Si según el segundo principio de la Termodinámica el grado de desorden del universo siempre aumenta y nunca disminuye, ¿cómo puede ser que las especies evolucionen en lo que parece un aumento del orden universal?”.

En este momento quiero volver a retratar la situación. Un joven, inocente (y apuesto, por qué no decirlo) estudiante de Ciencias Físicas al que un gitano que vende ropa barata en el mercadillo le acaba de enunciar el segundo principio de la Termodinámica y lo acaba de aplicar con relativo acierto. Afortunadamente, hacía poco que había leído una refutación a ese argumento (en el libro sobre extraterrestres del Profesor Ynduráin, de la Universidad Autónoma de Madrid). La entropía (es decir, el grado de desorden) de la especie (de las jirafas en particular, que es el ejemplo clásico cuando se habla de estas cosas) puede disminuir según evoluciona la especie, pero es a costa de un aumento mayor en la entropía del resto del ecosistema. Tal cual se lo solté y pareció bastante satisfecho con la explicación. Pero ahí no quedó la cosa, no, no. Tenía la segunda bomba atómica en la recámara.

“Hay más cosas en las que los científicos estáis equivocados”, siguió. “Según vosotros la energía que proviene del Sol se genera en violentas reacciones nucleares que se producen dentro de la estrella. Pero nosotros creemos que las reacciones que se producen en el Sol son de naturaleza química. Si las reacciones fueran nucleares, como producto se deberían emitir neutrinos[4], pero nunca se han detectado neutrinos procedentes del Sol. Por lo tanto, las reacciones deben ser químicas”. Aquí yo estaba ya demasiado estupefacto como para reaccionar. No tenía ni idea de qué estaba hablando, estaba muy sorprendido, pero también contento, porque la anécdota que me acababa de pasar era digna de hacer un artículo como el que tienes entre tus manos.

Después de un par de bombas de menor calibre (como que la Luna estaba compuesta de polvo y no de rocas) acabé descubriendo que era lector asiduo del Muy Interesante, y supongo que allí habría oído muchas de las campanas que me reprodujo a mí. Lo más curioso de todo el asunto es que nos hicimos bastante colegas ese día; incluso descuidaba su puesto para seguir charlando conmigo. Eso sí, jamás en la vida me volvió a saludar ni a dirigir la palabra. Siempre sospeché que en su culto semanal les habrían alentado a convertir a los incrédulos o algo así y por eso se acercó a mí aquel día. En cualquier caso, fue una experiencia divertida y debería haberme motivado para estudiar más y conocer mejor el universo que nos rodea. Desgraciadamente no fue así y seguí estudiando igual de poco[5].


[1] Una historia que pasó hace bastantes años ya, que en su día escribí para un número del The Piohosas Zine que nunca llegó a publicarse.

[2] De hecho, desde que escribí esto hasta hoy, he conseguido convertirme en doctor.

[3] El segundo principio de la Termodinámica enuncia que una función llamada entropía, que mide el grado de desorden de un sistema, aumenta siempre.

[4] Los neutrinos son unas partículas elementales generadas como resultado de ciertas reacciones nucleares o desintegraciones nucleares como las que ocurren en el Sol. Fueron propuestos por primera vez en 1930 por Wolfgang Pauli para compensar la aparente pérdida de energía y momento lineal en la desintegración ß de los neutrones. En 1956 Clyde Cowman y Frederick Reines demostraron su existencia experimentalmente.

[5] Y aún así llegué a doctor, insisto. Pero, vosotros, niños que leéis esto, no: vosotros estudiad mucho.

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