The Túzaro

Sueño de monos de Elena

Posted in Elena, Sueños, Uncategorized by thetuzaro on 12 diciembre 2011

Vamos con un sueño. Pero, esta vez, no soy yo el autor (si es que tal cosa puede decirse de un sueño) sino Elena. Hace ya unos pocos meses se despertó una mañana de domingo y me contó lo que había soñado. Yo tomé unas notas para tratar de convencerla de que escribiera el sueño, y que no pudiera poner la excusa de “no, si ya no me acuerdo casi”. Aún así, no fui capaz de conseguirlo. Varios meses más tarde, me he decidido a utilizar esas viejas notas y compartir su sueño con vosotros: el sueño de monos de Elena.

Y la historia comienza así. Elena, su madre y su tía-abuela, de nombre Paquita, están pasando una alegre tarde de domingo paseando por el zoológico. Han estado viendo a los elefantes y a las jirafas. Han estado también en la sala en la que se exponen los insectos y los reptiles. Ahora caminan por un caminito vallado que cruza un terreno parecido a una sabana.

Como llevan todo el día por ahí, a Paquita le está entrando hambre, e insiste en que quiere parar para comer algo. Elena trata de convencerla de que siga caminando, porque ella sabe que un poco más adelante hay un supermercado, el supermercado de la sabana, en el que pueden comparar unas peras. En cambio Conchi, la madre de Elena, dice que por qué esperar y caminar hasta allí, cuando puede, simplemente, coger las sabrosas peras que crecen en un arbol que está en la sabana.

“Mira, Paca, ¿por qué no mejor coges una pera de esas y te la vas comiendo?”, le dice la madre de Elena a Paquita. “¡Pero qué dices, mamá! ¿No te das cuenta de que eso no son peras, que son monos?”, les dijo Elena alarmada. “Tú cógela, callada la boca”, insistió, con mucha picardía, Conchi. Elena insistió en advertirles de que eran monos. Pero era tarde. Paquita ya se había acercado hasta el arbol, había arrancado una de las peras y le había dado un gran mordisco.

Justo en ese momento, Paquita se da cuenta de que lo que acaba de morder no es una pera, sino un mono, como ya le había advertido Elena. “Conchi, que la niña tenía razón. Que no es una pera, que es un mono. ¡Ay Dios mío!”, exclamaba Paquita, con el mono en la mano, tras darse cuenta de lo que había hecho.

Al pobre mono, que era cúbico y compacto, exactamente igual que los coches a los que se aplasta en los desguaces, se le notaba perfectamente la marca de los dientes de Paquita. Aún así, no sangraba ni nada. Pero claro, había que buscar una solución, había que buscar algo que hacer con el mono, había que arreglar el entuerto, o disimular, o algo.

Tras unos instantes de discusión, Conchi elaboró un plan infalible. “Tú déjalo ahí, que los que cuidan esto son funcionarios, y cuando vuelvan de cogerse la baja no se dan cuenta”. Y así, con las mismas, dejaron al pobre mono empezado, junto al arbol sobre el que estaba tranquilamente pasando la tarde del domingo, y se fueron las tres por un camino muy largo.

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