The Túzaro

Sueño de monos de Elena

Posted in Elena, Sueños, Uncategorized by thetuzaro on 12 diciembre 2011

Vamos con un sueño. Pero, esta vez, no soy yo el autor (si es que tal cosa puede decirse de un sueño) sino Elena. Hace ya unos pocos meses se despertó una mañana de domingo y me contó lo que había soñado. Yo tomé unas notas para tratar de convencerla de que escribiera el sueño, y que no pudiera poner la excusa de “no, si ya no me acuerdo casi”. Aún así, no fui capaz de conseguirlo. Varios meses más tarde, me he decidido a utilizar esas viejas notas y compartir su sueño con vosotros: el sueño de monos de Elena.

Y la historia comienza así. Elena, su madre y su tía-abuela, de nombre Paquita, están pasando una alegre tarde de domingo paseando por el zoológico. Han estado viendo a los elefantes y a las jirafas. Han estado también en la sala en la que se exponen los insectos y los reptiles. Ahora caminan por un caminito vallado que cruza un terreno parecido a una sabana.

Como llevan todo el día por ahí, a Paquita le está entrando hambre, e insiste en que quiere parar para comer algo. Elena trata de convencerla de que siga caminando, porque ella sabe que un poco más adelante hay un supermercado, el supermercado de la sabana, en el que pueden comparar unas peras. En cambio Conchi, la madre de Elena, dice que por qué esperar y caminar hasta allí, cuando puede, simplemente, coger las sabrosas peras que crecen en un arbol que está en la sabana.

“Mira, Paca, ¿por qué no mejor coges una pera de esas y te la vas comiendo?”, le dice la madre de Elena a Paquita. “¡Pero qué dices, mamá! ¿No te das cuenta de que eso no son peras, que son monos?”, les dijo Elena alarmada. “Tú cógela, callada la boca”, insistió, con mucha picardía, Conchi. Elena insistió en advertirles de que eran monos. Pero era tarde. Paquita ya se había acercado hasta el arbol, había arrancado una de las peras y le había dado un gran mordisco.

Justo en ese momento, Paquita se da cuenta de que lo que acaba de morder no es una pera, sino un mono, como ya le había advertido Elena. “Conchi, que la niña tenía razón. Que no es una pera, que es un mono. ¡Ay Dios mío!”, exclamaba Paquita, con el mono en la mano, tras darse cuenta de lo que había hecho.

Al pobre mono, que era cúbico y compacto, exactamente igual que los coches a los que se aplasta en los desguaces, se le notaba perfectamente la marca de los dientes de Paquita. Aún así, no sangraba ni nada. Pero claro, había que buscar una solución, había que buscar algo que hacer con el mono, había que arreglar el entuerto, o disimular, o algo.

Tras unos instantes de discusión, Conchi elaboró un plan infalible. “Tú déjalo ahí, que los que cuidan esto son funcionarios, y cuando vuelvan de cogerse la baja no se dan cuenta”. Y así, con las mismas, dejaron al pobre mono empezado, junto al arbol sobre el que estaba tranquilamente pasando la tarde del domingo, y se fueron las tres por un camino muy largo.

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El sueño de la ETA trigonométrica

Posted in Sueños by thetuzaro on 11 junio 2011

Hacía tiempo que no escribía algo que hubiera soñado, y el otro día tuve la suerte de recordar un sueño que creo que merece la pena que aparezca aquí, aunque es bastante breve. Se trata del sueño de la ETA y las matemáticas, también conocido como el sueño en el que los Policía Nacionales no tenían cultura de ninguna clase.

Estaba yo en el pueblo, en casa de mis padres, empezando a preparar mi viaje de vuelta a Madrid. Por algún motivo, la fachada de la casa estaba cubierta con un andamio: supongo que habría que arreglar algún canalón o alguna bajada de agua. Con tanto ajetreo no pude escuchar el ruido que se estaba formando a la entrada de la casa y no pude prepararme para lo que me iba a encontrar nada más abrir la puerta.

Un grupo de unos veinte agentes de las fuerzas especiales aguardaba mi salida, los rostros cubiertos con pasamontañas y las armas dispuestas, apuntándome. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba, así que, viendo el panorama, cuando me gritaron que no me moviera y pusiera las manos en alto, les hice todo el caso que pude. Es una situación bastante desagradable tener tantas armas de fuego apuntándole a uno.

¿Por qué estaba tanto policía esperándome en la puerta de la casa de mis padres, en el pueblo? Bueno, no cabe duda de que una operación de tal envergadura sólo se lleva a cabo para detener a alguien que esté relacionado con la ETA. Así que eso fue lo primero que sospeché: estos tíos me quieren detener por ser de la ETA. Afortunadamente, a los pocos segundos, cuando ya había quedado claro que no pensaba oponer ninguna resistencia, a pesar de lo indignado que estaba por el follón que estaban montando para detenerme a mí, que no soy de la ETA, apareció una pareja de agentes de la Policía Nacional, estos ataviados con el uniforme ordinario: camisa blanca, pantalón negro…

No recuerdo el nombre de la agente, así que vamos a suponer que se llamaba López. “Buenas tardes, soy la agente López”, me espetó la agente con cara de mal humor, dispuesta a interrogarme. “Pues yo soy el doctor Montes” le solté yo, que también tengo mi títulito. “Ah, doctor, ¡joder, qué tío!”, contestó López, cambiando abruptamente de expresión facial a una que parecía indicar “es doctor… ¡joder, qué tío!”.

Tras esta breve presentación, los dos agentes, en un tono mucho más amable (pero aún con las armas de los demás guardias apuntándome) comenzaron a explicarme por qué estaba pasando esto y por qué pensaban que yo pudiera ser de la ETA. Me mostraron sus pruebas, que desparramaron por el suelo de la calle. Sí, es cierto que había ejemplares de Egunkaria, y también alguna que otra pegatina de Bildu, que habrían conseguido rebuscando entre mis cajones. Pero a eso no le daban tanta importancia. Lo importante, la clave que indicaba no sólo que era de la ETA, sino que además algo gordo andaba tramando, era un pila de cartones, como esos que vienen a veces dentro de una camisa recién comprada, que son blancos por un lado y grises por el otro.

Todos esos cartones estaban escritos… por mí. Pero, ¿qué es lo que contenían? Pues estaba claro, cálculos, fórmulas, ecuaciones… Era algo sospechoso al cien por cien para los guardias, pero no lo terminaban de entender, y allí estaba yo para expicárselo, para decirles qué fórmula del terror es la que estaba buscando. Y allí estaban los veinte guardias de las escopetas para asegurarse de que yo colaboraba.

Pero yo reconocí al instante los cálculos que había en los cartones. No eran nada del otro mundo. No eran cálculos para encontrar la fórmula del terror, no. Era hojas de sucio en las que yo había resuelto problemas cuando estudiaba la carrera y que, por algún motivo, aún estaban rondando por casa de mis padres, en el pueblo. Eso me tranquilizó y me dispuse a explicarles todo a los señores agentes. Pero entonces, el guardia que había guardado silencion hasta ese momento, indicó cuál era su principal preocupación: una ecuación muy concreta, que debía de guardar un secreto muy gordo. “¿Esto qué es, eh? ¿Esto qué es?”, decía en voz bastante alta el guardia, mientras golpeaba con su dedo índice uno de los cartones, justo en el lugar donde estaba escrita la ecuación: era cos^2(x)+sin^2(x)=1.

Esto ya me sacó de mis casillas. Como todos mis lectores saben, puesto que son gente educada en los mejores colegios, no se trata de ninguna ecuación misteriosa, sino de una de las propiedades más básicas de las funciones trigonométricas. De hecho, bastaba con que los agentes conocieran (que digo conocieran, recordaran) la definición de seno y coseno que les dieron en el instituto, y el teorema de pitágoras, para haber podido comprobar que así era, de una manera fácil y rudimentaria. “Eso lo deberíais saber, que se da en BUP”, les espeté. ¿Era ésta la fuerza de élite que va por ahí deteniendo a terroristas peligrosísimos? ¿Es éste el cuerpo especializado que va a detener a los de Anonymous por bajarse películas gratis? ¿Sabían hacer la o con un canuto? ¿Hace falta ser zoquete para ser guardia? ¡Qué vergüenza!

Recuerdo que ésas eran las preguntas que pasaban por mi mente en aquel momento tan tenso. Lo que no recuerdo es cómo terminó el sueño exactamente, pero no me preocupa: mis sueños siempre acaban bien, y, en la mayoría de ocasiones, en un bar.

El sueño de la electricidad prepago

Posted in Sueños, Uncategorized by thetuzaro on 6 marzo 2011

Hace bastante tiempo que no escribía ninguno de mis sueños, y la principal razón era que nunca tenía un recuerdo suficientemente claro de un sueño suficientemente largo como para poder escribirlo. Esta semana ha cambiado mi suerte y, como Alfonso va a cerrar por derribo el MMAMM, que era donde los solía publicar, voy a contarlo aquí.  Se trata del sueño de la electricidad prepago.

Antes de empezar, es importante que sepáis que el piso en el que vivimos actualmente en el Reino Unido no tiene un contador de energía eléctrica como los que estamos acostumbrados en España. Es decir, no tengo un aparatito que indique cuánta energía he consumido, y que un operario de la compañía eléctrica lea para mandarme periódicamente la factura correspondiente. En nuestro caso, el aparatito indica cuánta energía eléctrica, en libras, nos queda para gastar. Es decir, que la pagamos por adelantado, como el saldo de los teléfonos móviles. Para recargar nuestra reserva de energía, tenemos que ir a un supermercado con una especie de llave electrónica, que es una pieza longitudinal de plástico con un chip en la punta, y comprar electricidad. En el supermercado introducen en la llave la información de cuánta electricidad hemos comprado, después nosotros introducimos la llave en el contador de la luz, y se nos actualiza el saldo. Aunque parezca mentira, aún no he empezado a contar el sueño: esto es real.

Soñaba yo el otro día que caminaba de noche, por alguna calle de Alcalá, buscando un bar. En mi mano la dichosa llavecita de la luz y un papelito con una dirección. Mi misión era simple: tenía que aprovechar un viaje a España para hacerle un favor a alguien y llevarle electricidad al dueño de un bar, que también tenía sistema eléctrico prepago, el pobre, y que no encontraba dónde recargarlo en España. Desgraciadamente no recuerdo el nombre del bar, pero teniendo en cuenta cómo suelen ser los sueños, seguro que era alguna chorrada de tomo y lomo.

Por fin llegué a la dirección del bar y, al entrar, me sale al paso una mujer latinoamericana que trabajaba allí. Le explico, “mira, que traigo la llave con la luz que me encargaron”. Pero la mujer me mira con cara de estar pensando “¿quién es este marciano y qué me está contando de una ‘llave de luz’?”. “Aquí no tenemos electricidad prepago, tenemos un contador normal y corriente”, me confirma. Cuando le pregunto si no es ése, acaso, el bar X, me dice que no, que el bar X está justo en la acera de enfrente. Así que hacia allí me dirijo y me encuentro un bar vacío, en el que el camarero estaba solo en la barra, con la clásica vestimenta de camarero español: pantalón negro y camisa blanca. Por la puerta de la cocina se podía ver a la cocinera, que se asomaba para dar palique al camarero.

Afortunadamente, este hombre sí sabía de lo que le estaba hablando. De hecho me estaba esperando impaciente: sólo gente que viniera del Reino Unido podía llevarle electricidad, con lo que para él era un bien escasísimo. Antes de recargar su contador, decidimos que lo mejor era saldar las deudas puesto que yo había pagado la recarga, que ascendía a 35 libras de luz y luego 12 libras más que ahora mismo no recuerdo por qué eran, pero debían ser algún impuesto o algo. Se dirige el camarero a la caja, y empieza a sacar billetes y… no tiene suficiente dinero en metálico. Así, me dice: “mira, no tengo suficiente dinero en metálico para pagarte ahora, pero hacemos una cosa: te doy todo este dinero que tengo en la caja, y las 12 libras que faltan te las pago en filetes de lomo”. Ipso facto, me da un plato con una pechuga de pollo entera a la plancha, diciéndome: “aquí tienes un trozo de lomo. De aquí se sacan doce filetes, con lo que la deuda está saldada”. A mí, en principio no me parece mal, pero como tengo hambre, me meto la pechuga entera en la boca y me doy cuenta de lo pequeña que es realmente: “ya me ha tangado este cabrón, de puta madre”, pienso para mis adentros.

El siguiente paso era recargar su contador de la luz, que estaba situado en la pared trasera del bar, junto a una carretera. Allí, a la luz azulada y tenue de una farola, abre el camarero el cajetín e introduce la llave en el contador, con tan mala suerte que la llave no encaja bien, y a base de hacer el animal para meterla, acaba partiéndola. Otra alegría más para mí, que no solo pierdo dinero por hacerle el favor a este tipo, sino que además rompe la llave de la luz, con lo que vete tú a saber si podré recargar yo mi propio contador en el futuro. Y lo que es peor: ahora me mudo de casa y en la agencia no me van a devolver parte de la fianza por culpa de este desgraciado.

Muchos de los sueños que he publicado antes acaban conmigo tomando una cerveza en algún bar, pero en este caso no fue así. No me podía quedar más tiempo a hacerle negocio a este tipo, que bastantes pérdidas me habia causado ya. Vamos, que no me hubiera quedado ni aunque me invitara él.

El sueño del Dr. Grandal

Posted in Sueños by thetuzaro on 25 febrero 2011

Hoy tenemos la suerte de contar con una colaboración especial. El Dr. Grandal nos cuenta un divertido sueño que tuvo el otro día. Si a ti también se te ocurren cosas y te apetece que aparezcan publicadas aquí, sólo tienes que mándarmelas y las subiré gustoso.

Había quedado para comer con Hannibal Smith (no con George Peppard) en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. No es que tuviera pensado contratar al “Equipo A” para librarme de ese catedrático opresor, no, Hannibal es uno de mis mejores amigos, pero esta vez me había dejado plantado. Llevaba esperando media hora y ni se presentaba ni me cogía el teléfono, aunque yo no le estaba llamando. Supongo que estaría ocupado haciendo que “los planes salgan bien” en algún pueblo de los EEUU. Ya había terminado mi sopa y estaba esperando que me trajeran el mejor salmón lleno de espinas del local, cuando apareció Fernando Tejero, el portero de “Aquí no hay quien viva”, pero sin ser el portero. Él no tenía mesa reservada, pero se sentó en la misma que yo ya que el “coronel” no había venido, momento que aproveché para salir a tomar el aire. Con esto de la nueva ley anti-tabaco había que salir entre plato y plato a tomar el aire (no a fumar, a tomar el aire). De repente mientras estiraba las piernas y tomaba el aire por el aparcamiento del restaurante mi móvil sonó, eran los del restaurante preguntándome si el correo electrónico que les había facilitado era auténtico y si les había dicho mi verdadero nombre. Me dijeron que me iban a denunciar por haber hecho un “sin-pa”, yo repiqué que sólo estaba tomando el aire como exige la ley anti-tabaco y que se lo había dicho al portero pero que no me había puesto el sello. Entré furibundo en el restaurante y la preciosa “maître” me recibió pidiéndome disculpas por haberse llevado mis espinas, pero que enseguida me las traían. Y ahí estaba yo de pié masticando espinas de salmón, hablando con Fernando Tejero y tirándole los tejos a la “maître”, justo en el momento en el que ha sonado el despertador.

Curación milagrosa

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 9 febrero 2010

Voy a aprovechar que tengo un ratito antes de cenar para descansar un poco de la tesis y contaros una batallita de éstas mías: la de cuando me curé milagrosamente de unas fiebres en Ávila.

Todo aquel que me conozca sabe que yo no creo en estas cosas. Al fin y al cabo soy científico de formación (y, de momento, también de profesión) y me gusta ser todo lo racional y escéptico posible con estos fenómenos. Pero es que, amigos, cuando es uno mismo el que tiene la experiencia, el que vive el fenómeno, el que lo ve con sus propios ojos, el que lo sufre en sus propias carnes…  entonces, ay, amigos, no hay razón que valga.  Entonces no hay análisis, estadística ni ensayos con el procedimiento de  doble ciego. No hay artículos en revistas científicas, no hay revisión por pares ni arbitraje. No hay comité de expertos ni tribunal de tesis. No hay tu tía, vaya. Pero vayamos al grano.

Era yo bastante pequeño y estaba de vacaciones con mis padres en el pueblo, en la provincia de Cáceres. No sé decir si era Semana Santa u otra época del año, pero sí que eran unas vacaciones de unos pocos días. Tan mala suerte tuve que en esos pocos días me puse malito. No recuerdo que enfermedad tenía, pero estuve todas las vacaciones tumbado en un banco que había en la cocina de casa de mi abuela, arropadito, con mi pijamita amarillo de caballitos, y con una fiebre de espanto que no había manera de quitarme. Mi mamá me cuidaba, me daba calditos y medicina. Y yo pachucho, pachucho. No sé, sería alguna gripe, una gastroenteritis o algo, pero el caso es que me encontraba fatal, había perdido el apetito, y mi madre no encontraba la manera de curarme. Ése es el recuerdo borroso que tengo.

Y así se pasaron las vacaciones y nos volvimos para Alcalá toda la familia metidos en la furgoneta Ebro de mi padre. Yo, que creo recordar que durante el viaje aún llevaba puesto mi pijamita amarillo de caballitos, iba medio dormido. En aquellos tiempos las carreteras no eran tan buenas como ahora, y el viaje se hacía largo (y aún más en furgoneta, y más aún con tantos pasajeros como iban en esos viajes), así que solíamos hacer una parada técnica en Ávila. A mí me encantaba parar allí. Había un bar, que creo que lleva bastantes años cerrado, que en algún momento se llamó La Marquesina, y que se encontraba junto a la carretera, en un extremo del puente sobre el río Adaja. A mí me gustaba parar en Ávila porque me gustaba ver las murallas, y me gustaba parar en aquel bar donde mis padres siempre  solían pedir alguna ración de algo para que comiéramos. Por desgracia, aquella vez no me encontraba bien y no tenía ganas de salir de la furgoneta. Mi madre me preguntó si quería bajar a comer, pero le dije que no, y me quedé durmiendo, tan tranquilo, solo en la furgoneta.

¿Tan tranquilo? No, de eso nada. Por mi cabeza empezaron a pasar un montón de pensamientos a gran velocidad. Sólo parábamos dos o tres veces al año en Ávila, y me lo iba a perder. Me iba a perder comer en ese bar que tanto me gustaba. A mí, en particular, me encantaba que mis padres pidieran callos. A mí esos callos me sabían a gloria, a vacaciones y a invierno, a esa sensación que se tiene en invierno cuando pasas frío y entras a un lugar acogedor. ¡Y me lo iba a perder! ¿Me lo iba a perder? ¡Ni hablar! Enfermo como estaba tomé la determinación y salí de la furgoneta (no sé si aún con el pijamita de caballitos) dispuesto a disfrutar de esos callos que tanto me gustaban. Y así hice: entré en el bar y aparté a mis padres y a mis hermanos, que obstaculizaban mi camino hasta el plato donde, humeantes, me esperaban los callos.

Cuentan mis padres, que aún recuerdan ese día con gran regocijo, que acabé con  casi toda la ración yo solo, sin dejar que nadie se atreviera a acercarse a aquel manjar, aquel bálsamo de Fierabrás que me estaba librando de mis males. Liquidé los callos con afán y mojé todo el pan que pude en la salsa. Mis padres no salían de su asombro. Había entrado una vitalidad en mí que no podían creer. ¡Estaba curado! ¡Y yo tan feliz, sin darme cuenta del milagro que acababa de experimentar!

Después de la comida continuamos nuestro camino comentando lo que acabábamos de ver. El resto del viaje transcurrió con total normalidad. Yo no volví a presentar ningún síntoma. Una cosa estaba clara: los callos de Ávila me habían curado,  y eso es algo que no he podido olvidar, por más años que hayan pasado. Así, me he acabado convirtiendo en un venerador de los callos, porque creo que es mi deber, porque a ellos debo mi salud.

De cómo le perdí el miedo al agua de pequeño

Posted in Cosas mías, General by thetuzaro on 6 febrero 2010

Esta mañana, hablando con Elena, me he acordado de cuando era chiquitito y me daba miedo el agua. Me daba miedo meterme en la playa y en la piscina hasta donde me cubriera por encima prácticamente de las rodillas. Y recordando mi miedo le he contado, supongo que una vez más, cómo hice para superarlo.

Cuando era chiquitito, veraneaba con mis padres y mis hermanos en Oropesa del Mar, en un cámping. Entonces Marina D’Or era una pequeña urbanización de apartamentos. Yo no sabía todavía quién era José María Aznar, así que no sé si por entonces él también veraneaba en la zona. Estuvimos yendo a ese camping durante bastantes años seguidos, pero sólo fue durante los dos o tres primeros veranos que nos juntamos toda la familia, tíos y primos incluidos.

Estoy hablando de los primeros años ochenta. Entonces yo era un crío de no más de seis o siete años y mis primos estaban en la adolescencia. A mí me divertía mucho juntarme con ellos, pero claro, en el momento que podían se libraban de mí, para poder hacer sus cosas de adolescentes. Yo me quedaba con mis padres o con alguna de las abuelas que también disfrutaban de la playa. En particular recuerdo a la abuela de unos primos míos, que padecía el mismo miedo al agua que yo. Así que nos dedicábamos a entrar en el mar hasta donde nos cubriera por las rodillas y a jugar a saltar las olas que venían. A mí eso me parecía bien. Pero recuerdo que mi madre, como es lógico, trataba de hacer que se me quitara el miedo y me intentaba forzar para que entrara más dentro del mar. Yo me resistía, pataleaba y lloraba porque no quería entrar tan adentro. Ni de coña. Así que mis padres, aburridos de mí, me dejaban al cuidado de esta señora mayor, y ella y yo seguíamos saltando las olas desde nuestra segura posición.

Un día, en lugar de ir a la playa con mis padres, me fui siguiendo a mis primos y a mi hermano. Ellos estaban o entrando en la adolescencia o ya metidos de lleno. El rock duro había pegado con fuerza en España, y una buena proporción de chavales de aquella época se habían hecho heavies. Era el caso de mi familia. A todos les gustaba el rock duro, se intercambiaban cintas de casete y se pasaban los días hablando de heavy, de grupos y de sus cosas. Y yo, un mocoso, me fui detrás de ellos.

Me parecía muy divertido que me hubieran dejado ir con ellos. Yo les seguía un poco por detrás del grupo, escuchando su conversación y riendo con sus ocurrencias. Salimos de nuestra parcela de camping y nos fuimos a la playa. Ellos delante, yo un poco retrasado.  Llegamos a la orilla del mar, y ellos no repararon en que yo iba con ellos y que me daba miedo meterme en el agua. A ellos, claro está, no les daba el mismo miedo que a mí, y yo estaba encantado con su conversación heavy. Así que cuando se metieron en el agua, yo me metí detrás.  Y así seguimos andando, ellos hablando y yo, divertido, detrás. Hasta que llegamos al punto en el que a mi ya me cubría por el cuello (cosa que, teniendo en cuenta mi edad, no creo que tardara mucho en pasar).

En ese momento no tuve más remedio que alzar mi voz para decirles que, por favor, no entraran más, que a mí ya me cubría y no sabía nadar.  Entonces fue cuándo se dieron cuenta de que yo, con mi miedo al agua, les había seguido y había entrado por primera vez hasta tan profundo, por mi propio pie, sin que nadie me tuviera que obligar. Y además sin pasar ningún miedo. Esto nos causó a todos gran regocijo y diversión.

Desde entonces nunca más le tuve miedo al agua. ¡Y todo gracias al poder del heavy!

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Hombres, mujeres y centros comerciales

Posted in Cosas mías, Uncategorized by thetuzaro on 29 noviembre 2009

Una de las cosas que menos me gusta hacer es ir de compras. Lo considero una necesidad desagradable, algo que tienes que hacer a veces porque no queda más remedio, pero que es necesario, como sacar la basura una noche fría de invierno, cuando ya estás calentito en el sofá después de cenar. Pero a veces es necesario. Necesitas ropa, y tienes que ir a comprar.

Ayer era Elena la que tenía que comprar ropa, y yo le acompañé. En el rato que ella estuvo disfrutando entre percheros y mirando trapitos, yo me paseaba lentamente por las tiendas, con las manos unidas tras mi espalda: un gesto que minutos más tarde observé que era común entre los acompañantes del sexo masculino que se encontraban en ese centro comercial. Me dio tiempo para pensar mucho en la actitud que tomamos los hombres y las mujeres en los centros comerciales.

Observé que, mientras nuestras parejas hacían sus compras, los hombres nos paseábamos en la actitud que he mencionado más arriba: paso muy lento, las manos a la espalda y la mirada perdida entre los trapitos, distrayéndonos con cualquier detalle que captar nuestra atención. Algunos miraban el techo y los sistemas de extinción de incendios, otros le dedicaban miradas furtivas a las clientas, otros ya sólo se miraban los pies…

En un momento de la tarde, Elena entró a un probador para probarse un par de prendas que había seleccionado. Entré con ella el probador, y allí estuve hasta que me riñó una de las dependientas: “¡sólo una persona por probador!” (por algún motivo que no comprendo: al fin y al cabo ésa es la mejor manera de ver cómo le queda lo que se está probando). Pedí las correspondientes disculpas y salí. Me coloqué frente a la puerta del probador, apoyado en la pared y mirando a la puerta, esperando a que Elena saliera. Levanté la vista, y observé que, en el mismo pasillo, estábamos tres hombres en la misma situación: esperando a que nuestras mujeres salieran de los pequeños habitáculos. Me recordaba a las escenas de las películas en las que unos padres nerviosos esperan fumando a chorros a que sus mujeres den a luz en el paritorio y, al final, sale una enfermera y les dice: “ha sido un niño”. Igual que un paritorio, esperando. Me preguntaba si la gente detractora de los partos en los hospitales y que prefieren alumbrar a sus bebés en sus camas, y que suelen calificar al parto en un hospital de poco humano, considerarán que los paritorios son algo parecido a lo que yo estaba viviendo en el probador.

Y es que los centros comerciales, asumámoslo, no están ni preparados ni diseñados para los hombres. En ese mismo centro, hace un par de años, lo pude comprobar en mis propias carnes, una mañana con Elena. Después de realizar nuestros recados, nos encaminamos a tomar una cerveza en uno de los bares que hay en el centro comercial, que me habían dicho que eran bonitos y elegantes. Nos sentamos en lo que yo pensaba que era una terraza vacía de un bar. Que yo estaba bien equivocado lo pude comprobar en cuanto nos sentamos en una mesa y Elena me espetó: “¿Sabes cómo funciona?”. Qué tontería, claro que sé como funciona. Cómo no voy a saber cómo funciona un bar. Vamos a ver, es un bar, he estado en unos cuantos.

Pues no, no lo sabia. El procedimiento era enrevesado: te sientas en una mesa, coges un papel que te dan y en él escribes tu nombre y marcas el aperitivo que quieres comer. Luego te levantas y te vas a la barra, donde una camarera borde te toma el pedido, le das el papel y de dices qué quieres beber. Te cobran, te dan tu bebida y te sientas. Al cabo de un rato te llaman por megafonía (sí, sí, por megafonía) para que te levantes a recoger tu aperitivo. ¿Pero qué mierda es ésa?

Pensé que eso estaba pensado para las mujeres y para que los hombres no pudieran comprenderlo y se sintieran perdidos. Las mujeres van más a los centros comerciales y se aprenden esos trucos extraños y, cuando vuelven con sus parejas, ya se lo saben, y nosotros nos quedamos con cara de tontos. Que mi hipótesis era correcta lo pude comprobar en unos minutos, cuando dos mujeres que venían con sus cientos de bolsas de cartón de comprar trapitos se sentaron e iniciaron el procedimiento con total naturalidad. En cambio, al cabo de otro rato, un pobre marido descarriado que venía huyendo de las tiendas se sentó en una silla y empezó a esperar y esperar a que vinieran a atenderle. Pobre. Al final tuvieron que salir las camareras a rescatarle. ¿Se pensaba usted que esto era un bar, eh? Inocente.

En definitiva, no están hecho los centros comerciales para nosotros, o nosotros para ellos. Menos mal que hay algunos en los que, además de las tiendas de ropitas, hay algún supermercado en el que se puede aprovechar el tiempo para hacer la compra y llenar la despensa. Menos mal.

Yo, y mis extraños problemas

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 7 noviembre 2009

Empiezo a escribir esta entrada mientras escucho la música que me ponen los de la Atención al Cliente de Vodafone con la intención de hacerme más amena la espera, aunque consiguen sacar de los nervios al más pintado. Estoy tratando de comunicarme con ellos para ver si he sido capaz de que mi tarjeta prepago se identifique correctamente. Como muchos de vosotros sabéis, las tarjetas prepago que no estén identificadas el lunes, dejarán, por ley, de funcionar, aunque se podrán recuperar en los siguientes seis meses. A partir de entonces quedarán perdidas definitivamente. Yo, que tengo una de estas tarjetas me he visto en la obligación de acercarme a una tienda de Vodafone e identificarme. Y, cómo no, me pasaron cosas raras.

En la tienda

Entré con Elena, a la que atendieron primero y que hizo todo fenomenal, sin ningún problema. Pero luego llegué yo, y conmigo empezó la risa. Me encuentro con que, al comprobar mis datos, la chica de la tienda (que, por cierto, estaba más pendiente de mirar en el ordenador fotos de una fiesta y de hacerse muecas y carantoñas con un chaval a través del escaparate que de atendernos) me dice que mi teléfono no es mío. Es decir: que en los datos de mi tarjeta SIM aparecía cómo cliente, pero que el comprador de la tarjeta era otra persona, y que no se podía hacer nada.

Sorprendido, le dije que a lo mejor la persona que aparecía como compradora era mi madre, que fue quien me regalo mi primer móvil. No era. Como no me lo podía creer, le dije a la chica de la tienda que a mí me llegaban religiosamente cartas a mi casa con mi dirección y que, por tanto, debería ser el titular. Eso no se lo creyó ella. Como es una tarjeta de prepago no me mandan cartas a casa, punto. Por fin se le ocurre a Elena la brillante idea de preguntar a la chica si nos puede decir el nombre (sin apellidos) de la titular, y aparece el personaje misterios de la historia: Ángela.

Imagínese el lector por un momento que Elena estuviera con la mosca detrás de la oreja de que yo se la estaba pegando con alguna conocida mía, del trabajo o de donde sea, y ese nombre aparece. El embrollo hubiera sido ya mayúsculo. Afortunadamente, como Elena sabe que no tengo ojos nada más que para ella, y como no conocemos a ninguna Ángela, no hubo conato de divorcio. Eso sí, el misterio sigue siendo igual de gordo: mi línea telefónica no es mía, sino de una persona que se llama Ángela, y que no sabemos quién puede ser.

La chica de la tienda, en un alarde de profesionalidad que casi me hace perder los nervios, se me queda mirando a los ojos golpeando el mostrador con un bolígrafo: “aquí pone que no eres el titular”. Silencio. Lo rompo preguntando qué solución me proponen, si es que me proponen alguna, o sólo me aconsejan que pierda mi línea de teléfono. Me dicen en la tienda que no me preocupe, puesto que la línea ya está identificada, así que no la voy a perder, y que si quiero aparecer como titular, ellos no me pueden ayudar. No, no, imposible, nosotros no podemos hacer eso ni de broma: debe usted llamar al servicio de Atención al Cliente para que cambian la titularidad.

Con esa información nos vamos a tomar una cerveza, mientras pensamos en quién puede ser Ángela, y en que si me da por hacer atentados con mi móvil, le echarían la culpa a ella. Elena, sugiere que Ángela podría ser la vendedora a la que mi madre le compró el móvil. Tiene mucho sentido: en aquellos tiempos no era obligatorio identificar el móvil, esta chica se ponía en todos los que vendía y a ganar puntos como buena clienta.

Con Atención al Cliente

Al cabo de un rato me decido a llamar a Atención al Cliente, donde, tras un buen rato explicando mi extraña situación y escuchando la musiquita del anuncio de la tele la operadora me da la solución: “Hemos verificado los datos y entendemos su problema. Para solucionarlo, sólo tiene que ir a una Tienda Vodafone, puesto que ellos son los únicos que pueden realizar el cambio de titularidad y nosotros por teléfono no”. Perfecto, estoy atrapado. Los de la tienda me dicen que no, que no, que ni de broma pueden ayudarme y que llame a los del teléfono. Los del teléfono que no, que no, que ni de broma pueden ayudarme y que vaya a una tienda. La chica del teléfono, muy amablemente, me dice que son los de la tienda los únicos que pueden hacer ese cambio, y me insinúa que les diga que, si no saben hacerlo, que llamen al Servicio de Atención al Distribuidor.

Y en esa situación me quedé: supuestamente, no iba a perder mi línea porque ya está identificada, pero no puedo ser el titular. Unos días más tarde fui a una tienda diferente a contarle toda mi peripecia a la chica que atendía. Me miraba a los ojos sin mover ni una pestaña y, cuando terminé, me dio la sensación de que no había entendido nada. Le pregunté: “no sé si me estoy explicando…”. Ella se encogió de hombros y me dijo: “y qué más da que no seas el titular: yo te identifico a ti y punto”. Dicho y hecho: se fue al ordenador, comprobó mis datos y me dio un recibo demostrando que yo ya me había identificado. ¡Así de fácil! No obstante me recomendó que llamara a Atención al Cliente de nuevo y me asegurara de que era suficiente con lo que ella había hecho… y en eso estaba.

La ciencia española no necesita tijeras

Posted in Cosas mías, General, Rollos de la tesis by thetuzaro on 7 octubre 2009

3973473121_e76fde787c_oHola a todos:

Hoy, me sumo a la iniciativa propuesto por el autor del blog La Aldea Irreductible para protestar por el recorte a la financiación de la ciencia en España de los Presupuestos para 2010. Mis mótivos son de diverso pelaje. Primero, personal: vivo de esto. La mayor parte de la ciencia en España, por lo que conozco, está hecha por investigadores relativamente jóvenes. Según pasan los años y la gente se va haciendo más vieja, va, proporcionalmente, haciendo más burocracia y menos ciencia. Una parte de estos jovenes (como es mi caso) trabajan duro mientras realizan su tesis doctoral. Esto supone que, con la excusa de que están en formación, cobran poco (las becas oficiales de docotrado son de unos 1200 Euros brutos al mes) o, en muchos casos, ni siquiera cobran nada. Todo esto por hacer un trabajo tan trabajo como el que harán una vez sean doctores. Y el caso es que la situación al otro lado de la raya, es decir, cuando se es doctor, aunque mejora, sigue siendo poco satisfactoria. Así que, si se recortan los presupuestos, pues peor aún.

Por otro lado está la falta de medios en muchos centros de investigación españoles, en los que se tiene que aplicar a rajatabla eso de “el hambre agudiza el ingenio” para poder obtener resultados científicos de relevancia. Así que, si se recortan los presupuestos, pues peor aún.

Quizá lo más sangrante en este caso es que, pese a toda la palabrería que se ha escuchado desde el comienzo de la crisis ésta en la que nos hayamos inmersos (algunos desde hace un año, y otros, como he dicho antes, desde todo la vida), la crisis de los I-Phones y las teles de plasma, al final la pasta de los presupuestos y las ayudas para relanzar la economía van para los de siempre, los ricachones, que en el caso español están primordialmente relacionados con la banca y la construcción. Y a los científicos, a pesar de todo lo que se dijo de cambio de rumbo económico, pues eso, que nos den por culo.

Por estos motivos, entre otros, me adhiero a la campaña LA CIENCIA ESPAÑOLA NO NECESITA TIJERAS.

Pues me parece muy bien

Posted in Cosas mías, General by thetuzaro on 4 octubre 2009

Hoy una nota breve.

Me parece muy bien que no le hayan dado los Juegos Olímpicos a Madrid. ¿Por qué? Pues por varias razones.

¿Para que me vale a mí que haya unos juegos olímpicos en Madrid? ¿Para que se enriquezcan otra vez los constructores? ¿Para que Florentino Pérez se ponga todos los dientes de oro? A mí eso no me beneficia en absoluto. Para alguna gente, supongo, serían unos paños calientes: estás en paro porque te ha cazado el pinchazo inmobiliario, así que te viene bien que los amos vengan a darte unas migajas de nuevo. Es lógico pensar así, aunque también es un poco superficial (y, es también pensamiento de emergencia: estás hasta las cejas de deudas y te viene bien el dinero te lo de quién te lo de). Igual habría que pensar que el modelo económico éste consiste en tener bonanzas y batacazos, y que una bonanza (como los JJ. OO.) no hubiera sido sino el preludio de otro batacazo.

Por otro lado, las molestias de más obras y los atascazos no sé si me beneficiarían mucho. Además, decidme malo, pero me da bastante risa ver a la gente que se ha cogido disgustos terribles y sale llorando en la tele con la cara pintada con los colores olímpicos. Pero, quizá lo más importante sea que me parece que, en cuestión de imagen, lo de Madrid era una chapuza por dos motivos: el logo era (conceptualmente) igual al de la campaña que recomienda consumir cinco verduras o frutas al día. Y además, el otro día, cuando hicieron el rollo éste de juntarse muchas gente a hacer un gran mosaico en la Cibeles con los colores olímpicos… bien, no está mal, si no fuera porque faltaba el negro. Y discrimimando a un continente no son maneras de defender el Espíritu Olímpico, suponiendo que ese espíritu sea algo noble relacionado con el deporte y la fraterindad humana.

He dicho.