The Túzaro

Curación milagrosa

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 9 febrero 2010

Voy a aprovechar que tengo un ratito antes de cenar para descansar un poco de la tesis y contaros una batallita de éstas mías: la de cuando me curé milagrosamente de unas fiebres en Ávila.

Todo aquel que me conozca sabe que yo no creo en estas cosas. Al fin y al cabo soy científico de formación (y, de momento, también de profesión) y me gusta ser todo lo racional y escéptico posible con estos fenómenos. Pero es que, amigos, cuando es uno mismo el que tiene la experiencia, el que vive el fenómeno, el que lo ve con sus propios ojos, el que lo sufre en sus propias carnes…  entonces, ay, amigos, no hay razón que valga.  Entonces no hay análisis, estadística ni ensayos con el procedimiento de  doble ciego. No hay artículos en revistas científicas, no hay revisión por pares ni arbitraje. No hay comité de expertos ni tribunal de tesis. No hay tu tía, vaya. Pero vayamos al grano.

Era yo bastante pequeño y estaba de vacaciones con mis padres en el pueblo, en la provincia de Cáceres. No sé decir si era Semana Santa u otra época del año, pero sí que eran unas vacaciones de unos pocos días. Tan mala suerte tuve que en esos pocos días me puse malito. No recuerdo que enfermedad tenía, pero estuve todas las vacaciones tumbado en un banco que había en la cocina de casa de mi abuela, arropadito, con mi pijamita amarillo de caballitos, y con una fiebre de espanto que no había manera de quitarme. Mi mamá me cuidaba, me daba calditos y medicina. Y yo pachucho, pachucho. No sé, sería alguna gripe, una gastroenteritis o algo, pero el caso es que me encontraba fatal, había perdido el apetito, y mi madre no encontraba la manera de curarme. Ése es el recuerdo borroso que tengo.

Y así se pasaron las vacaciones y nos volvimos para Alcalá toda la familia metidos en la furgoneta Ebro de mi padre. Yo, que creo recordar que durante el viaje aún llevaba puesto mi pijamita amarillo de caballitos, iba medio dormido. En aquellos tiempos las carreteras no eran tan buenas como ahora, y el viaje se hacía largo (y aún más en furgoneta, y más aún con tantos pasajeros como iban en esos viajes), así que solíamos hacer una parada técnica en Ávila. A mí me encantaba parar allí. Había un bar, que creo que lleva bastantes años cerrado, que en algún momento se llamó La Marquesina, y que se encontraba junto a la carretera, en un extremo del puente sobre el río Adaja. A mí me gustaba parar en Ávila porque me gustaba ver las murallas, y me gustaba parar en aquel bar donde mis padres siempre  solían pedir alguna ración de algo para que comiéramos. Por desgracia, aquella vez no me encontraba bien y no tenía ganas de salir de la furgoneta. Mi madre me preguntó si quería bajar a comer, pero le dije que no, y me quedé durmiendo, tan tranquilo, solo en la furgoneta.

¿Tan tranquilo? No, de eso nada. Por mi cabeza empezaron a pasar un montón de pensamientos a gran velocidad. Sólo parábamos dos o tres veces al año en Ávila, y me lo iba a perder. Me iba a perder comer en ese bar que tanto me gustaba. A mí, en particular, me encantaba que mis padres pidieran callos. A mí esos callos me sabían a gloria, a vacaciones y a invierno, a esa sensación que se tiene en invierno cuando pasas frío y entras a un lugar acogedor. ¡Y me lo iba a perder! ¿Me lo iba a perder? ¡Ni hablar! Enfermo como estaba tomé la determinación y salí de la furgoneta (no sé si aún con el pijamita de caballitos) dispuesto a disfrutar de esos callos que tanto me gustaban. Y así hice: entré en el bar y aparté a mis padres y a mis hermanos, que obstaculizaban mi camino hasta el plato donde, humeantes, me esperaban los callos.

Cuentan mis padres, que aún recuerdan ese día con gran regocijo, que acabé con  casi toda la ración yo solo, sin dejar que nadie se atreviera a acercarse a aquel manjar, aquel bálsamo de Fierabrás que me estaba librando de mis males. Liquidé los callos con afán y mojé todo el pan que pude en la salsa. Mis padres no salían de su asombro. Había entrado una vitalidad en mí que no podían creer. ¡Estaba curado! ¡Y yo tan feliz, sin darme cuenta del milagro que acababa de experimentar!

Después de la comida continuamos nuestro camino comentando lo que acabábamos de ver. El resto del viaje transcurrió con total normalidad. Yo no volví a presentar ningún síntoma. Una cosa estaba clara: los callos de Ávila me habían curado,  y eso es algo que no he podido olvidar, por más años que hayan pasado. Así, me he acabado convirtiendo en un venerador de los callos, porque creo que es mi deber, porque a ellos debo mi salud.

De cómo le perdí el miedo al agua de pequeño

Posted in Cosas mías, General by thetuzaro on 6 febrero 2010

Esta mañana, hablando con Elena, me he acordado de cuando era chiquitito y me daba miedo el agua. Me daba miedo meterme en la playa y en la piscina hasta donde me cubriera por encima prácticamente de las rodillas. Y recordando mi miedo le he contado, supongo que una vez más, cómo hice para superarlo.

Cuando era chiquitito, veraneaba con mis padres y mis hermanos en Oropesa del Mar, en un cámping. Entonces Marina D’Or era una pequeña urbanización de apartamentos. Yo no sabía todavía quién era José María Aznar, así que no sé si por entonces él también veraneaba en la zona. Estuvimos yendo a ese camping durante bastantes años seguidos, pero sólo fue durante los dos o tres primeros veranos que nos juntamos toda la familia, tíos y primos incluidos.

Estoy hablando de los primeros años ochenta. Entonces yo era un crío de no más de seis o siete años y mis primos estaban en la adolescencia. A mí me divertía mucho juntarme con ellos, pero claro, en el momento que podían se libraban de mí, para poder hacer sus cosas de adolescentes. Yo me quedaba con mis padres o con alguna de las abuelas que también disfrutaban de la playa. En particular recuerdo a la abuela de unos primos míos, que padecía el mismo miedo al agua que yo. Así que nos dedicábamos a entrar en el mar hasta donde nos cubriera por las rodillas y a jugar a saltar las olas que venían. A mí eso me parecía bien. Pero recuerdo que mi madre, como es lógico, trataba de hacer que se me quitara el miedo y me intentaba forzar para que entrara más dentro del mar. Yo me resistía, pataleaba y lloraba porque no quería entrar tan adentro. Ni de coña. Así que mis padres, aburridos de mí, me dejaban al cuidado de esta señora mayor, y ella y yo seguíamos saltando las olas desde nuestra segura posición.

Un día, en lugar de ir a la playa con mis padres, me fui siguiendo a mis primos y a mi hermano. Ellos estaban o entrando en la adolescencia o ya metidos de lleno. El rock duro había pegado con fuerza en España, y una buena proporción de chavales de aquella época se habían hecho heavies. Era el caso de mi familia. A todos les gustaba el rock duro, se intercambiaban cintas de casete y se pasaban los días hablando de heavy, de grupos y de sus cosas. Y yo, un mocoso, me fui detrás de ellos.

Me parecía muy divertido que me hubieran dejado ir con ellos. Yo les seguía un poco por detrás del grupo, escuchando su conversación y riendo con sus ocurrencias. Salimos de nuestra parcela de camping y nos fuimos a la playa. Ellos delante, yo un poco retrasado.  Llegamos a la orilla del mar, y ellos no repararon en que yo iba con ellos y que me daba miedo meterme en el agua. A ellos, claro está, no les daba el mismo miedo que a mí, y yo estaba encantado con su conversación heavy. Así que cuando se metieron en el agua, yo me metí detrás.  Y así seguimos andando, ellos hablando y yo, divertido, detrás. Hasta que llegamos al punto en el que a mi ya me cubría por el cuello (cosa que, teniendo en cuenta mi edad, no creo que tardara mucho en pasar).

En ese momento no tuve más remedio que alzar mi voz para decirles que, por favor, no entraran más, que a mí ya me cubría y no sabía nadar.  Entonces fue cuándo se dieron cuenta de que yo, con mi miedo al agua, les había seguido y había entrado por primera vez hasta tan profundo, por mi propio pie, sin que nadie me tuviera que obligar. Y además sin pasar ningún miedo. Esto nos causó a todos gran regocijo y diversión.

Desde entonces nunca más le tuve miedo al agua. ¡Y todo gracias al poder del heavy!

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Hombres, mujeres y centros comerciales

Posted in Cosas mías, Uncategorized by thetuzaro on 29 noviembre 2009

Una de las cosas que menos me gusta hacer es ir de compras. Lo considero una necesidad desagradable, algo que tienes que hacer a veces porque no queda más remedio, pero que es necesario, como sacar la basura una noche fría de invierno, cuando ya estás calentito en el sofá después de cenar. Pero a veces es necesario. Necesitas ropa, y tienes que ir a comprar.

Ayer era Elena la que tenía que comprar ropa, y yo le acompañé. En el rato que ella estuvo disfrutando entre percheros y mirando trapitos, yo me paseaba lentamente por las tiendas, con las manos unidas tras mi espalda: un gesto que minutos más tarde observé que era común entre los acompañantes del sexo masculino que se encontraban en ese centro comercial. Me dio tiempo para pensar mucho en la actitud que tomamos los hombres y las mujeres en los centros comerciales.

Observé que, mientras nuestras parejas hacían sus compras, los hombres nos paseábamos en la actitud que he mencionado más arriba: paso muy lento, las manos a la espalda y la mirada perdida entre los trapitos, distrayéndonos con cualquier detalle que captar nuestra atención. Algunos miraban el techo y los sistemas de extinción de incendios, otros le dedicaban miradas furtivas a las clientas, otros ya sólo se miraban los pies…

En un momento de la tarde, Elena entró a un probador para probarse un par de prendas que había seleccionado. Entré con ella el probador, y allí estuve hasta que me riñó una de las dependientas: “¡sólo una persona por probador!” (por algún motivo que no comprendo: al fin y al cabo ésa es la mejor manera de ver cómo le queda lo que se está probando). Pedí las correspondientes disculpas y salí. Me coloqué frente a la puerta del probador, apoyado en la pared y mirando a la puerta, esperando a que Elena saliera. Levanté la vista, y observé que, en el mismo pasillo, estábamos tres hombres en la misma situación: esperando a que nuestras mujeres salieran de los pequeños habitáculos. Me recordaba a las escenas de las películas en las que unos padres nerviosos esperan fumando a chorros a que sus mujeres den a luz en el paritorio y, al final, sale una enfermera y les dice: “ha sido un niño”. Igual que un paritorio, esperando. Me preguntaba si la gente detractora de los partos en los hospitales y que prefieren alumbrar a sus bebés en sus camas, y que suelen calificar al parto en un hospital de poco humano, considerarán que los paritorios son algo parecido a lo que yo estaba viviendo en el probador.

Y es que los centros comerciales, asumámoslo, no están ni preparados ni diseñados para los hombres. En ese mismo centro, hace un par de años, lo pude comprobar en mis propias carnes, una mañana con Elena. Después de realizar nuestros recados, nos encaminamos a tomar una cerveza en uno de los bares que hay en el centro comercial, que me habían dicho que eran bonitos y elegantes. Nos sentamos en lo que yo pensaba que era una terraza vacía de un bar. Que yo estaba bien equivocado lo pude comprobar en cuanto nos sentamos en una mesa y Elena me espetó: “¿Sabes cómo funciona?”. Qué tontería, claro que sé como funciona. Cómo no voy a saber cómo funciona un bar. Vamos a ver, es un bar, he estado en unos cuantos.

Pues no, no lo sabia. El procedimiento era enrevesado: te sientas en una mesa, coges un papel que te dan y en él escribes tu nombre y marcas el aperitivo que quieres comer. Luego te levantas y te vas a la barra, donde una camarera borde te toma el pedido, le das el papel y de dices qué quieres beber. Te cobran, te dan tu bebida y te sientas. Al cabo de un rato te llaman por megafonía (sí, sí, por megafonía) para que te levantes a recoger tu aperitivo. ¿Pero qué mierda es ésa?

Pensé que eso estaba pensado para las mujeres y para que los hombres no pudieran comprenderlo y se sintieran perdidos. Las mujeres van más a los centros comerciales y se aprenden esos trucos extraños y, cuando vuelven con sus parejas, ya se lo saben, y nosotros nos quedamos con cara de tontos. Que mi hipótesis era correcta lo pude comprobar en unos minutos, cuando dos mujeres que venían con sus cientos de bolsas de cartón de comprar trapitos se sentaron e iniciaron el procedimiento con total naturalidad. En cambio, al cabo de otro rato, un pobre marido descarriado que venía huyendo de las tiendas se sentó en una silla y empezó a esperar y esperar a que vinieran a atenderle. Pobre. Al final tuvieron que salir las camareras a rescatarle. ¿Se pensaba usted que esto era un bar, eh? Inocente.

En definitiva, no están hecho los centros comerciales para nosotros, o nosotros para ellos. Menos mal que hay algunos en los que, además de las tiendas de ropitas, hay algún supermercado en el que se puede aprovechar el tiempo para hacer la compra y llenar la despensa. Menos mal.

Yo, y mis extraños problemas

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 7 noviembre 2009

Empiezo a escribir esta entrada mientras escucho la música que me ponen los de la Atención al Cliente de Vodafone con la intención de hacerme más amena la espera, aunque consiguen sacar de los nervios al más pintado. Estoy tratando de comunicarme con ellos para ver si he sido capaz de que mi tarjeta prepago se identifique correctamente. Como muchos de vosotros sabéis, las tarjetas prepago que no estén identificadas el lunes, dejarán, por ley, de funcionar, aunque se podrán recuperar en los siguientes seis meses. A partir de entonces quedarán perdidas definitivamente. Yo, que tengo una de estas tarjetas me he visto en la obligación de acercarme a una tienda de Vodafone e identificarme. Y, cómo no, me pasaron cosas raras.

En la tienda

Entré con Elena, a la que atendieron primero y que hizo todo fenomenal, sin ningún problema. Pero luego llegué yo, y conmigo empezó la risa. Me encuentro con que, al comprobar mis datos, la chica de la tienda (que, por cierto, estaba más pendiente de mirar en el ordenador fotos de una fiesta y de hacerse muecas y carantoñas con un chaval a través del escaparate que de atendernos) me dice que mi teléfono no es mío. Es decir: que en los datos de mi tarjeta SIM aparecía cómo cliente, pero que el comprador de la tarjeta era otra persona, y que no se podía hacer nada.

Sorprendido, le dije que a lo mejor la persona que aparecía como compradora era mi madre, que fue quien me regalo mi primer móvil. No era. Como no me lo podía creer, le dije a la chica de la tienda que a mí me llegaban religiosamente cartas a mi casa con mi dirección y que, por tanto, debería ser el titular. Eso no se lo creyó ella. Como es una tarjeta de prepago no me mandan cartas a casa, punto. Por fin se le ocurre a Elena la brillante idea de preguntar a la chica si nos puede decir el nombre (sin apellidos) de la titular, y aparece el personaje misterios de la historia: Ángela.

Imagínese el lector por un momento que Elena estuviera con la mosca detrás de la oreja de que yo se la estaba pegando con alguna conocida mía, del trabajo o de donde sea, y ese nombre aparece. El embrollo hubiera sido ya mayúsculo. Afortunadamente, como Elena sabe que no tengo ojos nada más que para ella, y como no conocemos a ninguna Ángela, no hubo conato de divorcio. Eso sí, el misterio sigue siendo igual de gordo: mi línea telefónica no es mía, sino de una persona que se llama Ángela, y que no sabemos quién puede ser.

La chica de la tienda, en un alarde de profesionalidad que casi me hace perder los nervios, se me queda mirando a los ojos golpeando el mostrador con un bolígrafo: “aquí pone que no eres el titular”. Silencio. Lo rompo preguntando qué solución me proponen, si es que me proponen alguna, o sólo me aconsejan que pierda mi línea de teléfono. Me dicen en la tienda que no me preocupe, puesto que la línea ya está identificada, así que no la voy a perder, y que si quiero aparecer como titular, ellos no me pueden ayudar. No, no, imposible, nosotros no podemos hacer eso ni de broma: debe usted llamar al servicio de Atención al Cliente para que cambian la titularidad.

Con esa información nos vamos a tomar una cerveza, mientras pensamos en quién puede ser Ángela, y en que si me da por hacer atentados con mi móvil, le echarían la culpa a ella. Elena, sugiere que Ángela podría ser la vendedora a la que mi madre le compró el móvil. Tiene mucho sentido: en aquellos tiempos no era obligatorio identificar el móvil, esta chica se ponía en todos los que vendía y a ganar puntos como buena clienta.

Con Atención al Cliente

Al cabo de un rato me decido a llamar a Atención al Cliente, donde, tras un buen rato explicando mi extraña situación y escuchando la musiquita del anuncio de la tele la operadora me da la solución: “Hemos verificado los datos y entendemos su problema. Para solucionarlo, sólo tiene que ir a una Tienda Vodafone, puesto que ellos son los únicos que pueden realizar el cambio de titularidad y nosotros por teléfono no”. Perfecto, estoy atrapado. Los de la tienda me dicen que no, que no, que ni de broma pueden ayudarme y que llame a los del teléfono. Los del teléfono que no, que no, que ni de broma pueden ayudarme y que vaya a una tienda. La chica del teléfono, muy amablemente, me dice que son los de la tienda los únicos que pueden hacer ese cambio, y me insinúa que les diga que, si no saben hacerlo, que llamen al Servicio de Atención al Distribuidor.

Y en esa situación me quedé: supuestamente, no iba a perder mi línea porque ya está identificada, pero no puedo ser el titular. Unos días más tarde fui a una tienda diferente a contarle toda mi peripecia a la chica que atendía. Me miraba a los ojos sin mover ni una pestaña y, cuando terminé, me dio la sensación de que no había entendido nada. Le pregunté: “no sé si me estoy explicando…”. Ella se encogió de hombros y me dijo: “y qué más da que no seas el titular: yo te identifico a ti y punto”. Dicho y hecho: se fue al ordenador, comprobó mis datos y me dio un recibo demostrando que yo ya me había identificado. ¡Así de fácil! No obstante me recomendó que llamara a Atención al Cliente de nuevo y me asegurara de que era suficiente con lo que ella había hecho… y en eso estaba.

La ciencia española no necesita tijeras

Posted in Cosas mías, General, Rollos de la tesis by thetuzaro on 7 octubre 2009

3973473121_e76fde787c_oHola a todos:

Hoy, me sumo a la iniciativa propuesto por el autor del blog La Aldea Irreductible para protestar por el recorte a la financiación de la ciencia en España de los Presupuestos para 2010. Mis mótivos son de diverso pelaje. Primero, personal: vivo de esto. La mayor parte de la ciencia en España, por lo que conozco, está hecha por investigadores relativamente jóvenes. Según pasan los años y la gente se va haciendo más vieja, va, proporcionalmente, haciendo más burocracia y menos ciencia. Una parte de estos jovenes (como es mi caso) trabajan duro mientras realizan su tesis doctoral. Esto supone que, con la excusa de que están en formación, cobran poco (las becas oficiales de docotrado son de unos 1200 Euros brutos al mes) o, en muchos casos, ni siquiera cobran nada. Todo esto por hacer un trabajo tan trabajo como el que harán una vez sean doctores. Y el caso es que la situación al otro lado de la raya, es decir, cuando se es doctor, aunque mejora, sigue siendo poco satisfactoria. Así que, si se recortan los presupuestos, pues peor aún.

Por otro lado está la falta de medios en muchos centros de investigación españoles, en los que se tiene que aplicar a rajatabla eso de “el hambre agudiza el ingenio” para poder obtener resultados científicos de relevancia. Así que, si se recortan los presupuestos, pues peor aún.

Quizá lo más sangrante en este caso es que, pese a toda la palabrería que se ha escuchado desde el comienzo de la crisis ésta en la que nos hayamos inmersos (algunos desde hace un año, y otros, como he dicho antes, desde todo la vida), la crisis de los I-Phones y las teles de plasma, al final la pasta de los presupuestos y las ayudas para relanzar la economía van para los de siempre, los ricachones, que en el caso español están primordialmente relacionados con la banca y la construcción. Y a los científicos, a pesar de todo lo que se dijo de cambio de rumbo económico, pues eso, que nos den por culo.

Por estos motivos, entre otros, me adhiero a la campaña LA CIENCIA ESPAÑOLA NO NECESITA TIJERAS.

Pues me parece muy bien

Posted in Cosas mías, General by thetuzaro on 4 octubre 2009

Hoy una nota breve.

Me parece muy bien que no le hayan dado los Juegos Olímpicos a Madrid. ¿Por qué? Pues por varias razones.

¿Para que me vale a mí que haya unos juegos olímpicos en Madrid? ¿Para que se enriquezcan otra vez los constructores? ¿Para que Florentino Pérez se ponga todos los dientes de oro? A mí eso no me beneficia en absoluto. Para alguna gente, supongo, serían unos paños calientes: estás en paro porque te ha cazado el pinchazo inmobiliario, así que te viene bien que los amos vengan a darte unas migajas de nuevo. Es lógico pensar así, aunque también es un poco superficial (y, es también pensamiento de emergencia: estás hasta las cejas de deudas y te viene bien el dinero te lo de quién te lo de). Igual habría que pensar que el modelo económico éste consiste en tener bonanzas y batacazos, y que una bonanza (como los JJ. OO.) no hubiera sido sino el preludio de otro batacazo.

Por otro lado, las molestias de más obras y los atascazos no sé si me beneficiarían mucho. Además, decidme malo, pero me da bastante risa ver a la gente que se ha cogido disgustos terribles y sale llorando en la tele con la cara pintada con los colores olímpicos. Pero, quizá lo más importante sea que me parece que, en cuestión de imagen, lo de Madrid era una chapuza por dos motivos: el logo era (conceptualmente) igual al de la campaña que recomienda consumir cinco verduras o frutas al día. Y además, el otro día, cuando hicieron el rollo éste de juntarse muchas gente a hacer un gran mosaico en la Cibeles con los colores olímpicos… bien, no está mal, si no fuera porque faltaba el negro. Y discrimimando a un continente no son maneras de defender el Espíritu Olímpico, suponiendo que ese espíritu sea algo noble relacionado con el deporte y la fraterindad humana.

He dicho.

Los calores de la Conti

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 1 octubre 2009

Hoy toca escribir en el blog. Pero escribir desde la indignación y la mala leche, aunque a estas horas, cuando ya ha pasado bastante rato, nos hemos tranquilizado un poco. Digo nos hemos porque la indignación y la mala leche la teníamos Elena, que hoy ha terminado de trabajar mucho más tarde de lo que debería, y yo.

Nosotros trabajamos en Madrid, y cogemos a diario la Continental, La Conti, el autobús interurbano que conecta Alcalá de Henares con Madrid. A la ida todo bien: como madrugamos una barbaridad no hay ni coches ni nada y llegamos en seguida. Lo malo ha sido la vuelta. En esta época del año, y también en primavera, es decir, cuando la temperatura no es fría, pero la gente tiene necesidad de lucir los modelitos de entre tiempo, suele hacer unos calores terribles en La Conti.

Imaginemos la situación: hay más de 20 ºC en la calle, en el autobús vamos montadas 80 personas, y las rendijas que lleva abiertas el chófer para que el autobús se ventile son del tamaño de la boca de un buzón. En verano aún llevan aire acondicionado (y de hecho suele hacer más frío que el que hacía hoy), pero ahora los chóferes se limitan a abrir unas mínimas rendijas en el techo del bus que no valen ni para tomar por culo. Al tío que conduce le da igual: total, él lleva una ventanilla gigante abierta al lado de la cara, con lo que lo mismo hasta se cree que va en moto. En cambio nosotros a pasar calores, sobre todo cuando la cosa se complica y hay atasco, como hoy.

Lo malo es que según avanza el frío cada vez me da la sensación de que es más complicado ir a gustito en La Conti, porque la gente, que debe de ser boba o tener el termostato roto o tener una obligacón moral de llevar el modelito de invierno aunque haga tiempo de piscina, con los calores de la muerte, sigue abrigada hasta las cejas, no vaya a ser que les entre un soplo de aire fresco. Alguien debería explicarles un poco de termodinámica y de cómo hace el cuerpo para regular su temperatura, y de cómo hace un abrigo para mantener el calor del cuerpo.

Claro, con esas temperaturas no hay quien aproveche las dos horas largas que se tira uno en el colectivo para hacer algo de provecho como leer, estudiar idiomas o pegarse una siesta de puta madre. Con esos calores sólo dan ganas de llegar a casa con el cabreo y pegarse una buena templa de cerveza para referscarse.

En fin, que mañana toca otra vez. Esperemos que podamos ir más o menos normal, y rápido, si es posible.

Antifascismo y ateísmo (o la tontería de “los extremos se tocan”)

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 18 septiembre 2009

Durante estos días se está celebrando en Madrid el jucio contra Josué Estébanez, al que se le juzga por apuñalar a Carlos Palomino en el Metro de Madrid. La historia es de sobra conocida por todos (y el que no la conozca, que busque un poco, pero en resumen, uno,  que es neonazi, le pega una puñalada a otro que es antineonazi) y viene a cuento, y la traigo aquí,  porque en estos días, en las noticias que se pueden leer sobre el tema en la edición de Internet de los periódicos, si se fija uno en los comentarios de los lectores, se puede leer uno de los lugares comunes más estúpidos de la colección que suele soltar la gente. Se trata del famoso argumento de “los extremismos son malos”, “los extremos se tocan” o “ser radical es malo per se“.

Pues a mí me parece que tal argumento es una tontería. O dicho de otra manera: no se cumple de manera general. En el caso que comentaba antes, el del asesinato de Carlos Palomino, el argumento suele aparecer de la siguiente manera: “A Carlos Palomino le asesinó un fascista, pero él era antifascista, y los unos y los otros son radicales, luego son malos, luego él se lo buscó por su ideología”. ¿Un antifascista es malo por ser radical y firme en sus convicciones? ¿La virtud está en la moderación? ¿Cuál es la moderación en este caso? A poco que se recuerde la historia del Siglo XX, se puede concluir que cualquier persona más o menos cabal hoy en día debería ser antifascista. No tiene sentido decir que, porque uno se oponga al fascismo, y lo haga con vehemencia, es tan nocivo y peligroso como la ideología que pretende combatir. Puestos a decir tal bobada, se podrían equiparar los combatientes del bando aliado de la guerra mundial a los del bando fascista. Los que liberaron los campos de concentración nazis, como eran antinazis, y encima tan radicales como para liarse a tortas, pues entonces son tan malos como los propios nazis. ¿Cuál es el virtuoso término medio en este caso? ¿Ser sólo un pelín nazi? ¿Ser neutral significaría tolerar las burradas de los campos de concentración? ¿Hay que eliminar los homenajes a los combatientes que liberaron a Europa del fascimo porque, al fin y al cabo, como eran antifascistas eran igual de malos?

Una discusión parecida se puede tener con respecto a la religión. Por un lado tendríamos a uno señores redicales en sus posturas: los integristas religiosos. Por otro lado, supuestamente, estarían los integristas del otro lado: los ateos. Y los ateos son tan malos como los integristas religiosos porque son radicales en sus posturas. Pero, digo yo, ¿cómo se puede ser ateo moderado? Porque religioso moderado parece que sí se puede, de esos hay muchos: basta con ver la estadísticas de religiosidad en España y comprobar la cantidad de Católicos No Practicantes (¿que qué es eso?, yo os lo digo: Católicos De Boquilla). Pues aquí estamos en las mismas: a los integristas religiosos parece que todo el mundo los considera malos, sobre todo a los musulmanes después de tanto atentado y tanto rollo. Pero, ¿a los ateos radicales también? Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿Cuál es, en este caso, el virtuoso término medio? ¿Creer en Dios poquito? ¿Decir como un bobo “yo me quedo en un sano agnosticismo”? Que, por cierto, esto del agnosticismo tiene tela; se puede interpretar de varias maneras: por ejemplo, “no creo en Dios hasta que no lo vea en persona” (así que es usted ateo, porque no se le va a aparecer, me temo); o también “como no se puede demostrar que exista o que no, hay que aceptar que ambas opciones son probables y posibles” (o, dicho de otra manera: “a mí no me pregunten, que soy gallineja y a las doce dicen misa”).

En resumidas cuentas, que decir tal tontería como “todos los extermos son malos” es una tontería y una barbaridad. Que ser pacifista radical o demócrata extremo no es malo. Que tal argumento no es sino una manera de no tener que mojarse por nada.

Y nada más por hoy amiguitos.

Depresión postvacacional

Posted in Cosas mías by thetuzaro on 13 septiembre 2009

Estoy muy deprimido, pero mucho, mucho. Tengo hasta ganas de llorar y todo. Y eso que hace diez días ya que se me acabaron las vacaciones, pero es que lo de hoy ha sido ya el remate. Qué tragedia. Resulta que la piscina de la comunidad de vecinos en la que vivimos Elena y yo ha cerrado. Después de tres meses haciendo todo el uso que he podido de la piscina hoy se ha acabado la temporada. Qué disgusto, madre. Hasta las lágrimas se me saltan.

Yo nunca había vivido en una comunidad con piscina, y la verdad es que es la polla. Supongo que la gente que vive aquí de toda la vida estará acostumbrada y no les hará la misma ilusión que a mí. De hecho yo pensaba que igual no iba a bajar mucho a la piscina, pero vaya, el caso es que he hecho un uso terrible.

En la comunidad en la que vivo somos poca gente, no sé exactamente cuántos, pero pocos. La piscina en cambio es de un tamaño más que respetable, lo que permitía hacer unos largos bastante bien. Además, aprovechando que Elena no tenía vacaciones, he pasado el mes de agosto en plan las vacaciones del intelectual. Por la mañanita, si tenía ánimos y me levantaba pronto, una carrerita por el campo. Después a trabajar en mi proyecto de tesis. Luego un poquito de natación y una charlita con el socorrista. Y luego a estudiar alemán y francés y a cocinar para Elena. Una maravilla, vamos. Además nos hicimos coleguillas del socorrista, un chaval rumano. Muy majete. Al principio yo tenía mis reticencias, pero luego le he cogido cariño. Pero, ay, caprichoso destino, todo eso se acabó. Por lo menos, espero que a partir de mañana haga un frío terrible que no me haga echar de menos la piscina.

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